sembrar… cuando el cuerpo duele y la vida no da
PASTORAL

REVISTA Nº 142 – MARZO 2021

Taller San Juan de Dios

La siembra estaba hecha y se había declarado la hora de la hospitalidad, la hora de la esperanza. Parecía prometedor un invierno frío y agradable para estar al calor del hogar, sentarse al fuego de la chimenea, contemplar la llama, seguir el chisporroteo de las brasas y sentir la agradable y dulce compañía de los tuyos.

Tenías en mente ese tranquilo invierno que mirando a la primavera todo lo va recomponiendo. Ese tiempo que, entre la lluvia y la nieve o la aspereza de las temperaturas, te anima, por un lado, a estar activo y, por otro, a “matar el tiempo” entretenido en esa revisión de los aperos necesarios para emprender una nueva cosecha y que aparezca con fuerza, en la primavera, la hospitalidad que nos une en un canto de desafío al tiempo y a la vida.

Pero no. No era posible y tampoco sabes por qué. Intentas pensar, dar tiempo al tiempo y espacio al otro y a los otros, orientas la mirada a la hora de la esperanza, amplías los contactos, las conversaciones y los silencios en soledad… Pero no. No ves posibilidades.

Durante tiempo hemos oído hablar, o quizás mejor, oído y vivido, confinamiento, pérdidas de todo tipo, sensación de estrés, miedo, desatención, depresión… En la paradoja de la vida y en la sementera de la esperanza es como si mirases a esos aperos con que trabajar y te los encuentras oxidados, como si el rostro que los engrandece y diferencia se haya borrado.

Me costó su tiempo, sus conversaciones, información de expertos e incluso algún tutorial de esos de las redes sociales que de todo saben. Me encontré con muchos amigos que me hablaban de cuerpos doloridos y vidas cansadas. Se sentían desmotivados, apáticos, tristes, indefensos… ¡La cantidad de cosas que he oído! Al final, uno que parecía ‘estudiao’ me soltó: “eso que me cuentas, la OMS ya lo tiene definido como fatiga pandémica.

Sin saber por qué me vino a la mente la imagen de esos coches que llevan tiempo en un taller, llenos de polvo y con algunos desperfectos, pero que cuando su dueño va a recogerlos exclamas: “parece mentira, ¡qué cambio!”. También he recordado los aperos del campo, los que se usan para la sementera y la recolección, esos que en el invierno hay que retocar, afilar, recomponer para que cuando llegue su momento todo esté a punto para una buena labor y una fácil tarea. Tanto en el coche como en los aperos, siempre media un trabajo lento, callado y laborioso, que los devuelve –como dicen ahora– a su mejor versión, como nuevos.

Vuelvo la mirada a lo más mío, al ser humano. Intuyo su imagen deteriorada o desfigurada, su humanidad oxidada. Su experiencia de sufrimiento, enfermedad y duelo, hacen necesaria y urgente una intervención que le devuelva a su mejor versión, que promueva sus potencialidades.

En la búsqueda, y entre las posibles alternativas, tengo buenas referencias de una franquicia cuyos talleres han puesto en valor la hospitalidad. Se les conoce como Talleres San Juan de Dios, dispensadores de esperanza. La expresión la he encontrado en los escritos de Pedro Laín Entralgo y me ha inspirado confianza.

Como no podía ser de otra manera, son “talleres” potencialmente humanizadores. Les hace fuertes la manera de mirar a su trabajo, pues no piensan en las dificultades de lo que llega, sino en las posibilidades. Ponen una mirada positiva que les permita dibujar caminos posibles de esperanza.

En sus “talleres”, una especie de decálogo –departamentos o boxes por los que van cuidando a la persona– resume su forma de actuación. El lugar que congrega te hace sentir cómodo, su potencial humano ofrece cobertura a todo lo que tu eres, una atención en la que se implica un equipo multidisciplinar –así lo llaman– que domina y pone valor a cada especificidad de cada persona, con calidad y profesionalidad.

En estos espacios del cuidado, yo diría que hacen humano lo humano y, abrazando la vulnerabilidad, sacan de cada uno aquello que tiene de más valor, aquello que le hace único en la diversidad, riquezas ocultas que no creíamos poseer. El último paso del cuidado lo engloba esa forma de acoger que define su sello como “hospitalidad” y apostillan “la hospitalidad que nos une”.

Todo surge de una realidad y una pregunta. La pregunta es ¿por qué algunos se derrumban frente a los golpes de la vida y otros resisten, se hacen más fuertes y crecen? Después la realidad, la realidad de un tiempo de crisis en el que el ser humano sufre, cuando la vida aparece saturada de dolor y sufrimiento.

En esta realidad saturada de sufrimiento y envuelta en crisis cada persona ha de encontrar, dentro y fuera, recursos que permitan hacer frente a los vientos adversos del invierno y encontrar su propio bienestar. A esto lo llaman “resiliencia” y se aplica a la persona, a la familia y a la comunidad. Todos sufrientes, todos resilientes.

Si observamos los problemas como oportunidad seremos resilientes, generando toda una corriente que canta a la libertad y a las posibilidades de los seres humanos en medio del sufrimiento. Lo conseguiremos buscando todo lo bueno que cada uno tiene. En el Taller San Juan de Dios se percibirá un estilo resiliente.

Quien llega al “taller” persigue la esperanza de ser curado, con su sensibilidad a flor de piel para sentir quien y cómo se acerca. Su esperanza nace y se cultiva en el realismo de lo que acontece, una esperanza que aumenta al sentirse acogido y consolado, es decir, cuidado, una esperanza que ha de seguir su proceso para que en todo momento se sienta acompañado.

En el “taller” no encontraremos un conjunto de técnicas o herramientas, sino contextos específicos y situaciones particulares, cercanía y presencia en la relación, recorriendo itinerarios vitales desde el interior de las personas, en un esfuerzo común para descubrirnos trasformados y sentir la fragilidad habitada por la hospitalidad que une.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León