PASTORAL

REVISTA Nº 129 – DICIEMBRE 2017

El sonido de la hospitalidad

La letra de la vida va formando, en el hospital, un poema con musiquilla de canción. Desde la fragilidad se escriben los primeros versos a los que hay que poner sonido y ritmo.

Siempre me había quedado atrapado, sin saber por quién. Necesitaba tomarme un tiempo para salir de esa situación indecisa de dar valor a los abuelos o a la hospitalidad. No fue fácil, pero sí posible y, al final, encontré ese momento de quietud creativa en el que parece que ruge la decisión de dar valor a los abuelos y, a su lado, escuchar el sonido de la hospitalidad. En esa quietud junto a los abuelos fue avanzando el calendario y nos movemos ya, no sé si de forma acelerada, o impulsados por la pendiente existencial hacia el final de año, con las celebraciones y acontecimientos que lo ocupan. Ya casi nos envuelve el ruido de Navidad. Lo cierto es que sentir el sonido de la hospitalidad viene acompañado de frases, de experiencias, de conceptos, de vivencias… buenas o no tanto, pero es la realidad de la vida, la realidad de la sociedad, la realidad del hospital al que llega lo que en la sociedad se vive como un reflejo o un espejo.

Quiero silencio y no lo oigo

Creo que fue hace muchos años –era en un curso del bachillerato– cuando oí una de esas frases que llaman la atención: “quiero silencio y no lo oigo”. Y te quedas con la idea dando vueltas y cuestionándote eso de “oír el silencio”. Cuando hay silencio no se oye nada, aunque, claro, se oye el silencio. Pero la vida va avanzando y un buen día, con esto de los megapíxeles, de la imagen y la fotografía, escuchas a alguien que afirma: “esta imagen no es buena, tiene mucho ruido”. Te quedas más perplejo que con lo anterior, como lleno de ignorancia, de admiración… Este ¿de qué va? ¿Una imagen con ruido? Luego, te lo explican y hasta llegas a intentar entenderlo.

Escuchando el sufrimiento

Como decía, la vida sigue y en ese seguir la vida uno va viviendo, oyendo y aprendiendo. Era en el hospi-tal, una enferma –mi madre– operada en un brazo miraba con detenimiento y constancia su brazo. Al verla así mirando fijamente, la increpo: ¿Qué haces ahí, mirando al brazo? Sin pensarlo y como “a golpe de ratonera” contesta: “Aquí está una entretenida, escuchando el sufrimiento”. “No oigo el silencio”, “una imagen con ruido”, o “es-cuchando el sufrimiento”. Frases que resuenan y te colocan en recuerdos del pasado cuando apren-díais en la vida de la vida y te ayudaban a descubrir que la música era la combinación de sonido y ritmo, y si ambos conceptos aparecen separados, lo que te encuentras es ruido. Hace unos días, mientras atiendes las tareas de la casa y te acompañas con la radio sin prestar aten-ción a lo que dicen, te sorprende una de sus muchas cuñas publicitarias y orientas el oído para oír: “domi-namos el ruido, creamos silencio”. Lo consiguieron. Captaron mi atención, pero yo seguí a lo mío y la mente se centró de nuevo, no en mis tareas del ho-gar, que las hago ya casi de forma autómata, sino en lo que me ocupa y preocupa: el sonido de la hos-pitalidad. De pronto, vuelvo mi pensamiento a una imagen de hospital, a esos carteles con un rostro infantil, imagen angelical y llamativa, que te invitan al silencio por respeto al enfermo para que los pasillos sean como un remanso de paz que facilita la restauración de la salud perdida. Esta invitación al silencio no me deja indiferente. Me centro en los ruidos del hospital, esos que han traspa-sado sus ventanas herméticas y condensan el am-biente cargado de dolor y sufrimiento, o esos otros que penetran por todas partes para hacernos saber que se acerca el fin de año, las fiestas navideñas, que hay que hacer celebración y fiesta, que el nue-vo año será mejor. ¡Lo nuevo! ¡El fin de año! Vuelve a invadirme el silencio. El fin, ¿de qué y para quien? La celebración y la fiesta ¿cómo y dónde?

Invitación al silencio

La invitación al silencio es también invitación a la contemplación, a observar todo lo que se mueve y te rodea. El silencio se vuelve sonoro y la mirada se hace raptora de una melodía hermosa, esa que cada día suena en cada sala o habitación hospita-laria, esa que en cada momento transcribe la perso-na frágil al regalar una sonrisa, breve, entrecortada, pero llena de cariño, regada por el rocío de una lá-grima que se desliza en la mejilla y se coloca en la almohada. La letra de la vida va formando, en el hospital, un poema con musiquilla de canción. Desde la fragi-lidad se escriben los primeros versos a los que hay que poner sonido y ritmo. La familia, presencia firme e imagen fuerte, refuerza el sonido de la existencia e introduce un nuevo ritmo a la futura melodía, en-juagando lágrimas y manteniendo tonos, también el tono vital. A su lado todos los profesionales para po-ner el contrapunto, unificar y armonizar. Poco a poco va sonando una hermosa melodía, la melodía de la vida que, en cualquier momento y circunstancia, entre la experiencia de la fragilidad, enfermo, familia y profesionales, voluntarios, colabo-radores y bienhechores, van llenando el hospital de un hermoso y tierno sonido. Es la sinfonía de la vida que a su ritmo y con su música, desde el respeto, la calidad y la espiritualidad responsable, hacen oír, en cada vida, cada día y en Navidad, el sonido de la hospitalidad.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León