sembrar… cuando el cuerpo duele y la vida no da
PASTORAL

REVISTA Nº 141 – DICIEMBRE 2020

Sembrar… cuando el cuerpo duele y la vida no da

Nuestra mente y nuestro cuerpo, listos para disfrutar de la vida en el campo, la naturaleza y el aire libre, perciben que el ansiado sueño se hace añicos y solo queda intentar mantener la esperanza de recomponer esos sueños rotos. El paso del tiempo y lo vivido van dejando sus secuelas.

En el verano decidimos que lo pasado, pasado estaba, que había sido un mal sueño, que con ciertas precauciones volvíamos a encontrarnos y aquí no ha pasado nada. Y así pasan los días, recordamos vivencias descartando las desagradables. Caminamos entre lo normal y el sueño, la sombra amenazadora y el reafirmar de la vida en la inconsciencia de la fiesta.

Pero, siempre aparece un “pero”. Hubo mucho coraje, mucho miedo y no es fácil recomponer los sentimientos rotos. Quienes atravesaron la enfermedad siguen sintiendo que el cuerpo duele y la vida no da.

La vuelta al trabajo es como una barrera envuelta en un sentimiento de abandono. “Tengo la sensación de que me han abandonado en el trabajo”, contaba Juani, profesional de enfermería.

La administración desbordada, los profesionales en sensación de abandono y los enfermos… Antonio, mi primo, que ha pasado en estos meses por todos los hospitales escribió antes de irse, pues la vida no le dio más: “La Administración abandonó el mando, los empleados se sintieron dueños y nos maltrataron a los enfermos”.

Administración, profesionales, enfermos y la familia. Las familias impotentes, dolidas, obedientes y sacrificadas: “No pueden pasar”. La duda en un corazón roto: ¿Vuelve a casa, se queda a la espera en el entorno? No hay más opciones, son razones de salud pública.

La sociedad encerrada en casa cuida el cuerpo y anima la vida, aplaude sin saber a quién o, sencillamente, oculta pensativa su fragilidad y vulnerabilidad. En el fondo hay miedo, dolor y pérdida. Me contaba Regina, a quien pesa la vida tanto como sus
años, “he perdido la mitad de mí”.

Invierno, primavera…, el verano nos trasladó al otoño de tardes frescas y agradables, lleno de tonalidades y realidades diversas, de recuerdos que te llenan de nostalgia. En el silencio me viene a la memoria una frase del Hno. Etayo –Superior General– que anima a la emergencia carismática para dar lo mejor de nosotros en esta situación difícil que él llama “la hora de la hospitalidad”.

La situación es más que difícil, pero no veo la hora de la hospitalidad, decidido salir del hospital y pasear. Atravieso el puente y camino por la orilla del rio. El sol va cayendo rozando los árboles y dando a cada uno, en variadas tonalidades, su mejor versión otoñal. Las hojas, despacio y en calma, poco a poco, van dejando en el suelo un bello manto de recuerdos. La caída de la hoja acerca vivencias y significados en el contexto de la vida, del nacer y del morir.

Es el tiempo para agradecer el trabajo realizado y el fruto recogido, para mirar al futuro y volver a sembrar. Vienen a la memoria imágenes de la infancia contemplando el campo en el otoño, a la orilla del río, en las huertas, o las tierras preparadas para la siembra con esa estampa arriesgada y esperanzada del sembrador.

Imágenes de tiempos pasados que vuelven a la retina recordando atardeceres del otoño. De un lado al otro, a contraluz o con la luz del sol cayendo, se percibe la silueta de un sembrador que alarga el brazo rítmicamente logrando que su mano desparrame y esparza las semillas por la tierra con la esperanza de una abundante cosecha.

Sembrar tiene su arte, saber utilizar y esperar el cielo, elegir la tierra y la semilla. Hay un trabajo previo de esfuerzo y mimo, de acariciar con la vida ese entorno que, en primavera, verá la flor de su esperanza. Al esfuerzo de la siembra sigue la crudeza de un invierno en el que se cuece el futuro entre la duda y la esperanza. ¡Puede ser un buen año!

Nos robaron los abrazos del mes de abril, acogimos lo amargo de las vacaciones de verano y miramos con incertidumbre la Navidad y el encuentro. Las dificultades sanitarias, económicas y sociales continúan creciendo. Domina la soledad en muchas personas, especialmente los enfermos que en los hospitales pasan su proceso de enfermedad e incluso fallecen sin la compañía de su familiares y amigos, o las personas solas en la vida, sin hogar, ancianos y/o el miedo de ser olvidados.

No estamos en la primavera de la vida, por eso quiero situarme en un otoño existencial en el que, de los otoños vividos, entendamos el dolor de las vidas en la sociedad, y la tonalidad de su esperanza. Es el tiempo de sembrar, es la hora de la esperanza.

Esta hora empieza por las cosas pequeñas y los pequeños gestos. No estamos llamados a ser héroes ni mártires, pero sí estamos invitados a vivir poniendo un poco de dignidad en cada rincón de nuestro pequeño mundo. Un gesto de amigo para el que vive desconcertado, una sonrisa acogedora para quien está solo, una señal de cercanía para quien comienza a desesperar, un rayo de pequeña alegría en un corazón agobiado.

En esta ‘emergencia carismática’ es la hora de la hospitalidad, no para grandes cosas, sino para activar nuestra capacidad de desparramar esas pequeñas semillas que todos podemos sembrar en una sociedad complicada y triste que ha olvidado el encanto de las cosas sencillas y buenas.

El terreno para la siembra lo componen todas esas personas dolidas, ellas son las que necesitan una mano samaritana y llena de hospitalidad que les haga sentir el calor de la humanidad y el amor que sale del corazón. Aunque el cuerpo duele y la vida
no da, es la hora de sembrar esperanza practicando la hospitalidad, que nadie se quede atrás, que nadie cierre su corazón a los enfermos y necesitados. Es la hora de avanzar en la Hospitalidad que nos une.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León