PASTORAL

REVISTA Nº 118 – MARZO 2015

Semana Santa en hospitalidad

Con aires primaverales y sol radiante hemos llegado a la Pascua, no sin antes haber pasado por la Cuaresma y la Semana Santa. La Cuaresma ha sido un tiempo de preparativos y, como todo tiempo de preparativos, requiere esfuerzos y trabajos. El que algo quiere, algo le cuesta. Pero la mirada apuntaba hacia un
futuro de ilusión y felicidad, de salud y vida: la Pascua.

La Semana Santa –según los distintos medios de comunicación– ha sido un éxito: culturalmente, económicamente, procesionalmente: mucha gente procesionando y mucha gente espectando. Es una pena, pero me lo he perdido. Sin embargo he vivido otra Semana Santa, la de unos pueblos más bien pequeños y la del Hospital San Juan de Dios.

Durante la cuaresma habíamos preparado la “casa” para la fiesta, dedicando un tiempo para cada estancia. Habíamos quitado aquellas cosas que nos estorbaban y cuidado todos los detalles, adornos y ambientes. Es cierto que en algún momento tuvimos que “agarrarnos a la cruz para no caernos” y que en todo momento, San Juan de Dios, orientaba nuestra casa hacia la hospitalidad.

El martes –martes santo– tuvimos tiempo para la revisión, el silencio y la reconciliación. El esfuerzo del día a día, a veces, produce roces y enfrentamientos y necesitábamos un clima de serenidad para tenerlo todo a punto.

Llegó el Jueves Santo, día del Amor Fraterno y comienzo de una celebración con tres etapas: el Amor, el sufrimiento y la luz para celebrar la Vida. Nadie estaba excluido, todos invitados a celebrar la misa en la Cena del Señor: enfermos,familia, profesionales, comunidad de hermanos, colaboradores, voluntarios… ¡Cuánta vida y qué variada la realidad del Hospital! Nadie podía parar la fuerza del amor que amasa el pan de la vida y que se entrega para que la esperanza no se agote en la humanidad.

Y, en medio, el Viernes Santo, donde parecía que todo nos hablaba de dolor y fracaso, de incomprensión y soledad, de vejez y enfermedad…, de realidades amargas de la vida. Sin embargo, lo que celebrábamos era la vida de un Dios que se hace victima con todos los sufridores de la historia, el Dios de la Cruz, una Cruz que testimonia al Dios que más nos ama, el mas fuerte símbolo de la esperanza.

Desde el amor del Jueves Santo, a veces enturbiado por los sufrimientos de la vida, iba apareciendo la luz en el día del Sábado Santo, para vivir la explosión de vida de la Pascua, donde amor y temor, alegría y dolor, sonrisas y lágrimas pueden coexistir y dar lugar a la fiesta.

Contemplamos la vida del Resucitado y cómo amó con su mirada, curó con sus manos, escuchó las quejas de los atribulados, dio confianza a los afligidos, entró en el corazón de las personas y las guió hacia Dios.

Y como final, la felicitación del Superior General invitando a la alegría y al compromiso para promover la vocación a la hospitalidad: “¡Ayudemos a quitar las losas pesadas de nuestros hermanos que sufren!”. Esta es la santidad de la Semana Santa, aunque me perdí la otra.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León