PASTORAL

REVISTA Nº 137 – DICIEMBRE 2019

Regálame una sonrisa

Tenemos un defecto grande de serie: no venimos con manual de funcionamiento, libro de instrucciones o “tutorial” en internet y, sin embargo, todo ser humano lucha por vivir y ser feliz. Algunos no sé si lo saben o lo aprenden, pero consiguen vivir y vivir felices. ¡Pocos!

Tenemos un defecto grande de serie: no venimos con manual de funcionamiento, libro de instrucciones o “tutorial” en internet y, sin embargo, todo ser humano lucha por vivir y ser feliz. Algunos no sé si lo saben o lo aprenden, pero consiguen vivir y vivir felices. ¡Pocos!

A lo largo de los años y en lo ancho de la vida aparecen personas de toda raza y condición a nuestro lado. Con ellas caminamos, a su lado avanzamos y juntos vivimos la aventura del vivir.

Hay momentos difíciles, otros no tanto y, en ocasiones, roza uno la felicidad. Es la misma vida la que en el encuentro te ofrece oportunidades de crecimiento, es el mismo encuentro el que te regala vida.

Cuando hablo de aprender a llenar la fragilidad de fortaleza, cuando en la fragilidad he aprendido a besar esa realidad con la sonrisa, cuando juntos animamos esa certeza de que el sol vuelve a renacer de nuevo…

Creo que tengo derecho a pensar que hay un “cuando”, pero seguro que hay un “cómo” y ciertamente hay un “por qué”. Será el por qué de las cosas cuándo y cómo suceden.

Cuando el apóstol Pedro hablaba de lo ocurrido a un tal Jesús de Nazaret –lo cuenta en el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el capitulo 10, versículo 37– lo hacía con una expresión para mi muy gráfica: “la cosa empezó en Galilea”.

Volver a Galilea es volver donde han empezado las cosas, donde empezamos la vida, donde aprendimos, donde vivimos, donde compartimos. Son experiencias que nos han enseñado y marcado. ¡Cómo nos ha marcado el camino compartido!

Es posible que también haya un “por qué” nos ha marcado. Lo dejamos ahí, pero sin olvidar esos momentos en los que sentimos la impotencia, esas realidades ante las que el corazón se encoje, la paciencia se va, la garganta enmudece y la lágrima cae.

Podemos pensar en esas situaciones –hoy hasta comunes– en la familia o como profesionales en las que quien está delante, mira, quizás con una mirada perdida o extraviada, pero con la sensación de que no hay cobertura entre su mirada y la mía. Escucha sin oír, o así lo percibimos cuando no aparece sonido alguno, sino silencio.

En el silencio nos queda la duda si existirá un lenguaje que facilite un hilo de comunicación y en ese silencio apoyamos la esperanza de un pequeño gesto, de “un algo” para comunicar “estoy contigo”. Me he leído a mi amigo José Carlos y esos libros de “Mi ser querido tiene Alzheimer” o el otro de “La visita al enfermo”.

Hay cosas muy interesantes, pero cuando me coloco delante del enfermo, nada. Creo que era Santa Teresa la que decía que “nada es nada” y sin embargo estamos ahí él y yo en un espacio cuasi sagrado que nos desborda por su trascendencia.

Si se trata de un familiar volvemos a Galilea que es volver al inicio y recordamos todas esas cosas que hoy dan voz a nuestra presencia, que hoy explican nuestro sentimiento y dan palabra a su silencio.

Me detengo en los recuerdos del corazón y camino con sus zapatos por un tiempo. Son vivencias explosivas, pisadas que fortalecen y animan a estar contigo. No puedo menos que recordar aquella canción “Estoy contigo”. La he escuchado muchas veces, la he compartido, pero ahora estoy junto a ti, estoy contigo.

Cuando a tu lado escucho con paz la canción y releo su letra aparece lo que has sido para mi y ahora tan frágil, lo que me has contado llenando los silencios de mi vida y ahora tan silenciosa, el apoyo que en todo momento me dabas y ahora no acierto ni a sostener tu mirada.

Tengo –entre miles de dudas a tu lado– una certeza: estoy contigo. Como profesional intento aproximarme a lo que ha sido tu vida, como familiar releo nuestra vida y veo tu retrato en la canción: me mirabas como nadie supo mirar, protegías la vela si empezaba a temblar, me leías cuentos que me hicieron volar.

Me han ayudado los libros y sigo escuchando la canción, pero es sobre todo estar junto a ti. Ahora me duele que tu memoria se haya escapado con mi vida detrás y aparezcas como una estrella despistada en la noche, que brilla cuando escuchas mi voz.

He salido de la habitación. Ya era demasiado. Tengo que leer algo más y sigo escuchando la canción en la que siempre aparece una lágrima. He paseado por la orilla del rio en el otoño y he recordado cómo recogías las hojas que mi otoño dejó. Y esa fortaleza tuya –ahora tan frágil– que hasta mis penas interpretaba con un poco de humor.

Ahora, con este poco pelo que me queda, me llama la atención otro verso “despeinabas mis dudas con el viento a favor”. Solo me queda la certeza de que estoy contigo y siento que tus manos no se acuerdan de ti y no responden, que en tus ojos se ha borrado el camino. Tendré que aprender a darte mis palabras cuando tus labios se han dormido y cuando sientas que la vida se ha olvidado de ti te susurraré al oído: ESTOY CONTIGO.

El otoño va pasando y el frio del invierno se coló en tu voz, pero sé que, como estrella despistada en la noche, aún brillas cuando escuchas mi voz, por eso entre los libros y la canción aprendí a estar a tu lado y eso me ha enseñado que cuando llegue la nostalgia a separarte de mí, yo gritaré para que escuche el olvido. Que aún no te has ido, que yo sigo aquí. Siempre junto a ti.

Pero hay algo más que no aprendí en los libros. Fue a tu lado, junto a ti, donde aprendí en la orilla del rio a orientar la mirada hacia esa estrella, despistada, pero que me trae a la memoria cada día aquella sonrisa que me regalabas en cada presencia.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León