PASTORAL

REVISTA Nº 135 – JUNIO 2019

Recuerdos del corazón

Va pasando el tiempo, se esfuma la vida, pero los recuerdos permanecen en el corazón. Son tantas las cosas que nos regala el día, y a tal velocidad, que con frecuencia la mente se bloquea, o como dicen ahora, se “pixela”, y las imágenes no llegan con nitidez.

Cuando se vive el privilegio de acompañar y cuidar a las personas, aunque en los centros donde se imparten enseñanzas del cuidado dicen que “no debes crear vínculos afectivos con los usuarios”, la vida te enseña que, en la cercanía al otro, desde la fragilidad, se despierta su corazón y afloran las energías de ternura y de compasión en un clima de bondad.

Hace tiempo que entre las cosas que vas leyendo en torno a estos asuntos del acompañamiento me pareció entender que, al realizar una visita, hay que saber entrar, saber estar, saber salir y saber cerrar la puerta por fuera, manteniendo en todo momento una distancia amorosa.

La tarea de acompañar es hermosa, pero la belleza no disminuye la dificultad, ni la oculta. El libro del Éxodo cuenta cómo a Moisés le sorprendió la belleza de la zarza que ardía sin consumirse y fue advertido de la necesidad de descalzarse, pues se acercaba a un terreno sagrado. Acercarse al otro para acompañar requiere ir descalzos. El otro es un lugar sagrado.

Hermosura y belleza, dificultad y sacralidad van unidas en el camino hacia el otro para el encuentro. Son realidades que hay que ir asumiendo en la vida como todo aquello de lo que no tenemos experiencia y aquí la experiencia siempre es relativa, pues cada encuentro es único, como única es la persona a la que nos acercamos.

Se puede decir que no hay “manual de instrucciones” y no existe una llave maestra. Tienes que colocarte a su lado, con el asombro de la novedad ante el inmenso tesoro del encuentro, consciente de que alguien confía en ti y desea ser acompañado. ¿Cómo acompañar?

Entre los diversos acercamientos, hay quien afirma que hay que ver en el enfermo a otro Cristo. Ante esta evidencia, siempre he admitido otras opciones, pues si la pastoral de la Iglesia es la presencia visible entre los hombres de Jesús Pastor y la respuesta a la acción pastoral es el seguimiento del Señor Jesús, no queda fuera de lugar que me plantee “cómo acompañaría Cristo hoy a este enfermo concreto” para que yo sea presencia visible y el resultado final sea el seguimiento.

Otras opiniones cuentan que hay que acompañar como tú quieres ser acompañado. Quizás, forzando un poco la partitura de la canción, se consiga una melodía agradable al otro y yo me pregunte ¿cómo le gustará a este enfermo que yo le acompañe? Se trataría de acompañar al otro como él quiere ser acompañado, poniéndole en el centro del cuidado.

Son muchas las personas a las que uno ha intentado acompañar. Unas veces, he de reconocer que lo he hecho mal, y otras peor, pero en alguna ocasión he tenido la sensación de que había conseguido acompañar. En estos casos, la experiencia no encuentra palabras y las personas aparecen como una gran lección para la vida. Son muchos los representados en Enrique y su gran lección de vida llena la tuya de recuerdos que, cuando pasan por el corazón, permanece con nitidez la realidad vivida. Son los recuerdos del corazón.

Con los años te vas dando cuenta de la velocidad de la vida, de los muchos acontecimientos que te viven, sin encontrar tiempo para vivirlos. Entre los últimos acontecimientos está la muerte de Jean Vanier, a quien tuve oportunidad de conocer y experimentar su grandeza. Un hombre grande que se hizo pequeño para dedicar su vida a la discapacidad. ¡Qué forma de orar el lavatorio de los pies!

Me he acordado de él por lo del corazón, pues decía que “hemos olvidado el corazón, como si sólo fuera un símbolo de debilidad, un lugar de sentimentalismo y de emociones subjetivas, en vez de percibirlo como fuente de vida, como una fuerza capaz de romper nuestro egocentrismo, de ayudarnos a crecer, a abrirnos a los demás y a revelarnos la belleza fundamental de la humanidad”.

Elojoalpapel,lamanoalaplumayeloídoala música. Es mi forma de escribir, pero mientras estaba con estos devaneos suena una canción “Recuerdos del corazón” de Amedeo Minghi, cuyos versos se intercalan con las experiencias de acompañamiento o las muchas ideas de Vanier del que recuerdo que “para transformar el mundo tenemos que empezar por amar y por abrirnos a la experiencia del amor, de lo infinito; experiencia tan frágil que empieza por un suave susurro de paz”.

Esta paz me detiene por unos momentos en la canción. Escucho, copio y leo: “Son… esperanzas que esperé, sonrisas que esbocé, promesas de alegría y sueños que soñé… Buscaré un corazón como el mío, llegaste tú, el viento soplará, la lluvia caerá, la niebla pasará y el sol renacerá, los recuerdos de mi corazón, siguen en mí, vuelan a ti”.

Entre la sacralidad del encuentro y la canción de enamorados recuerdo otra frase de Vanier: “El amor no es solo una experiencia que nos abre a lo infinito; es igualmente un vínculo, una atadura que nos fija al tiempo. Es el matrimonio del tiempo con la eternidad, y su belleza consiste, en última instancia, en la realidad de la fidelidad, del afecto mutuo y del compromiso permanente del uno para con el otro”.

Encuentro, fidelidad, afecto y compromiso. Necesito revivir y volver a contar la parábola del Buen Samaritano. Hay que detenerse en el camino, acercarse y acoger al otro que es dedicarle tiempo y espacio, atenderle en nuestra propia casa, untar la vida con ternura utilizando palabras de uso familiar y, en la intimidad del hogar, atreverse a decirle una frase de Julián del Olmo: “Llenaré mi corazón de tú silencio y soñaremos juntos un mundo nuevo”.

El corazón se llenará de recuerdos, la fragilidad de fortaleza y el sol renacerá.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León