PASTORAL

REVISTA Nº 133 – DICIEMBRE 2018

Pastoral de la salud visitando a Enrique

Cuando salí de la habitación de Enrique el que seguía con el “rum rum” era yo. Enrique me había hablado de muchas cosas pero dejó entrever muchas más, pues en esas situaciones la vida adquiere otra dimensión. Importan las cosas importantes y nada más.

La conversación es sincera, la persona aparece sin máscaras, la vida se presenta al desnudo.

Enrique estaba mal y él lo sabía. No puedo distanciar mucho los encuentros, pues aumentaría su sufrimiento. La enfermedad le ha envuelto en un mar de dudas y preguntas y una única certeza: “estoy enfermo, muy enfermo”.

Una certeza entre tanta duda y malestar puede facilitar el trabajo de acompañar, pero requiere esfuerzo y creatividad en la búsqueda de soportes que faciliten el abordaje ante la variedad de frentes que aparecen. No es suficiente una sola visita, sino una sucesión sucesiva de visitas y acompañamientos ante esa única certeza: está enfermo.

En esta realidad existencial las preguntas van y vienen, bulliciosamente, como la pastilla efervescente en el vaso de agua. En esa sucesión de visitas van desfilando una sucesión de temas. Inmerso en la fragilidad de su vida, Enrique intuye su final y habla del otoño y la caída de la hoja. Sí, aunque suene fuerte, Enrique piensa que su enfermedad le puede colocar a las puertas de la muerte y él no se siente preparado.

No le preocupa tanto el momento en sí, pero le duele ya el dolor y el sufrimiento le aterra, aunque en realidad lo que le aterra es pensar en los dolores que acompañan. En nuestras conversaciones hemos comentado que el dolor si no se domina embrutece y el sufrimiento destruye. Son esas cosas que surgen espontáneas en la conversación y que nos llevan a recordar personajes que se han enfrentado al dolor y que han encontrado sentido al sufrimiento.

Nos parecía edificante la fortaleza de Job para enfrentarse a todo y plantarle cara al mismo Dios exigiéndole respuesta a sus “porqués” y cómo, al final, guarda silencio y confía en Dios. Y Martín Descalzo, la Madre Teresa de Calcuta (¡vale!, ahora Santa), o Jesús Burgaleta y tantos otros que no solo vivieron la vida hasta el final y con sentido, sino que nos han enseñado otras formas posibles de vivir, de enfermar o de morir.

Recursos de la vida que se descubren junto al enfermo, en la habitación de Enrique, en esas experiencias de fragilidad y vulnerabilidad compartidas. Son espacios de la existencia que es necesario vivir, que no se los pueden vivir otros, ni expropiar y que es conveniente afrontarlos en compañía.

Al final se vislumbra el horizonte y no importa la distancia ni lo tortuoso del sendero, sino la convicción, la certeza y el apoyo para hacerlo con serenidad y con paz. Uno de los días y en esos diálogos sinceros y profundos de la visita, Enrique exclamó: ahora entiendo eso de “morir en paz”. En ese momento sentí cierta alegría, pero no tuve el valor para expresarla. Simplemente manifesté lo mucho que había costado y los diálogos mantenidos.

Lecturas y reflexiones, él y yo, diálogos y silencios… En ocasiones pensábamos que hubiese sido más fácil acortarlo, o cortar por lo sano. Ahora reconocemos lo escabroso del camino, convencidos de que ha merecido la pena una experiencia que nos ha enseñado a vivir la hondura de lo humano.

Estas idas y venidas, estos silencios y diálogos dejaban entrever una preocupación de Enrique. La Navidad está cerca y tres preguntas sobrevolaban su cabeza, ¿llegaré a las fiestas?, ¿tendré que vivirlas en el hospital?, y si no llegó ¿qué navidades dejo a los míos? Nuevas ideas a las muchas que llenan las largas horas de silencio y soledad.

Acompañar no es fácil y habrá que buscar opciones de vida y calidad a una vida que se acorta y que mantiene las ganas de vivir. Esta vida se acorta pero con un pasado que hemos ido recapitulando, que juntos hemos recordado y vivido en el presente. Ahora pensamos en el futuro, ese que proyectamos y esperamos. Esto quiero compartirlo con Enrique y ofrecerle una propuesta celebrativa.

A mi propuesta sigue el silencio, esos silencios que se mastican y que intento romper con el Salmo 135, “¿cómo celebrar y festejar en tierra extraña?” Sigue el silencio y verbalizo al poeta Rilke y su poema para situaciones complejas: “Di, poeta, ¿qué haces tú? –Yo celebró”. Un pequeño verso de un poema donde se insiste en la necesidad o, mejor, la posibilidad de celebrar.

En el silencio suena una tímida risa y unas palabras de Enrique: hoy, en el fondo, lo celebramos todo, es más, creo haber leído en el libro de José Carlos que “lo que no se celebra se desvanece”. Con gesto afirmativo no le di más importancia, pues me interesaba orientar el diálogo hacia la celebración como una manera de acompañar en el sufrimiento.

En este momento es Enrique el que cita una frase del libro sobre “la visita al enfermo” que le había llamado la atención y que más o menos decía “los ritos hacen un particular uso de los símbolos, porque ayudan a conectar mundos interiores, relaciones entre personas, significados que el corazón comprende con su razón mejor que la razón.”

Los dos conocíamos el texto y el libro, los dos habíamos hablado apasionadamente en un diálogo fluido. La conversación robaba segundos a cada minuto y las horas dejaban de ser de la misma duración de siempre. Compartiendo vida conseguimos robar tiempo al tiempo. Recordamos el pasado en el presente y miramos al futuro.

Enrique se arranca y dice: oye ¿y tú me acompañaras a celebrar? Cuenta conmigo, pero tenemos que dedicarlo su tiempo. Me retiré de la habitación.

En el rostro de Enrique se notaba el cansancio y una gran paz. Se había agarrado al presente para encarar su futuro. La Navidad está cerca y nos queda una gran tarea. Tengo que estar preparado para acompañar a celebrar.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León