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REVISTA Nº 155 - JUNIO 2024
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¡No pasa nada!

Parecía que sí, pero no. Cada día lo veo un poco más complicado, aunque sigo buscando una danza para la paz. No quiero vivir resignado, aceptando rotos y llantos, escuchando sollozos y abrazando ausencias sin saber hacerlo. He seguido hablando con Anahís y en alguna ocasión la he visto. Su alegría es la de una niña que saborea cada instante y, sin ver problemas, se enfrenta a la vida como misterio por descubrir. 

Pero sigo oyendo sollozos, personas que, en su madurez, vierten sus lágrimas y no hallan ni alivio ni consuelo. Es verdad que al instante un gesto de ternura envuelve su cara rota y desfigurada por el llanto y casi aparece la sonrisa donde había tristeza y miedo. Trasmite un sentimiento de sentirse amado y querido y, por un instante, la vida recibe una chispa de esperanza, pero duele.

Me doy cuenta entonces que todo esto es parte de la sinfonía de la vida y que todo ello puede, perdón, debe, entrar en la melodía de la danza para la paz, pues la vida es como una hermosa sinfonía que embellece el mundo. Coloco razones en cada pentagrama de la partitura, reviso sus muchas notas aparentemente bien colocadas. Quizás solo aparentemente. La danza no consigue dar vida a la paz. 

Hay que ir algo más allá. Tengo que seguir acogiendo vidas, comprendiendo rostros, acompañando soledades. En las distintas épocas y tiempos recogeré sus emociones y pondré sonido a los sentimientos que las interpreten.

Hemos conseguido dar años a la vida, pero no sé si hemos logrado dar vida a los años. En su compañía y escuchando su relato me he acordado de Jeanette y su canción ‘Soy rebelde’. De sus años vividos recuerdan el “niño y el hombre aquel” feliz, decididos a dar todo a cambio de una amistad. Se revelan y reclaman amor y escucha. Jeanette recalca bien su rebeldía y su deseo: “Soñar y vivir, olvidar el rencor. Cantar, reír y sentir solo amor”.

Afirman su identidad y lanzan un grito de resistencia. Me decían hace unos días, “se han ido muchos”. Tristeza, miedo… Me acordé de Rozalén y su canción al amor de su padre: “Tolo lo que amaste”. Rozalén siente que arrancaron de golpe la raíz de su árbol y se quedó sin palabras, solo dudas para envolver preguntas y el deseo hecho vida que envuelve la vida, para empezar a vivir con signos de presencia. Cuenta y canta que sentimos presencias en la ausencia y aprendemos a vivir. Una armonía de emociones y sentimientos para honrar lo vivido y dar honor a la vida. 

Si rebajamos los años, disminuyan las experiencias en número, pero seguiremos encontrando emociones y sentimientos. Hoy quizás un sector de la vida complicado es el de la juventud, pues esa vocación de sonreír de niños se va diluyendo y en los tiempos de alegría, de metas y proyectos, llegó el miedo, como a todos, y también los problemas y las decepciones de la vida. Hablan de un porcentaje alto de deterioro de la salud.

Decidí volver a encontrarme con Anahís, pues hacía ya un tiempo que no la veía y me había enterado que cantaba “¡Suéltalo!” y que era feliz bailándola. Habíamos tenido algún enfrentamiento por teléfono, pues ella me reprendía, porque la canción no era para mí y, además, yo la cantaba mal. Al verme se alegró y me sonrió, un poco sorprendida y tímida. No sé si llegue en buen momento, pues estaba disfrutando de la compañía de su prima Andrea. Son buena pareja y aunque Andrea es unos años más se entienden bien y a mí me sorprenden.

Andrea es guapa como Anahís, una mirada fija y serena y en su cara aparece una felicidad que trasmite paz. Es reflexiva, siente, piensa y busca recursos para manejar sus emociones y buscar recursos para la vida. Me enseñó un dibujo en el que representaba la familia y me sorprendió: sus padres, la abuela materna, Anahís y, en la parte de arriba, su abuelo ya fallecido. Ha aprendido a abrazar la ausencia y honrar la vida de su abuelito en las plumas que él la envía desde el cielo.

Andrea y Anahís forman esa pareja de primas que se cuidan y se quieren, que buscan juntas la belleza de la vida siendo la mayor la que va abriendo camino entre las “fiores” que enamoran a Anahís, al tiempo que le dice: Anahís, ¡no pasa nada! Siguen abriendo camino, rodeadas de flores, con la pisada frágil y la decisión de su inocencia.

Mientras ellas se entretenían en sus juegos y en su compañía, escuché la canción ¡suéltalo! “La nieve brilla esta noche, ni una huella queda ya, soy la reina en un reino de aislamiento y soledad; suéltalo, no lo puedo ya retener, ya no hay nada que perder”. Escuchaba y volvía a escuchar la canción. Me enteré que la reina de las Nieves, era amiga de todo lo helado y en su disfraz se veían todas únicas y, a la vez, aprendían a seguir siendo especiales juntas.

Aún no acabo de entender lo encandilada que está Anahís con la canción. Sigo leyendo y pensando y, entre alguna que otra idea, llega a mi memoria aquella frase, creo que de Ramón de Campoamor, «… nada hay verdad ni mentira: todo es según el color del cristal con que se mira».

Andrea y Anahís siguen su paseo entre las flores y, de su aparente fragilidad, sale ese ¡suéltalo! de Anahís que genera una explosión de júbilo a la que sigue la afirmación de Andrea ¡No pasa nada! Añadiré estos pequeños arreglos a la melodía e intentaré poner de fondo una especie de consejo que encontré, no sé dónde, para el arte de vivir bien, sé que era de P. Coelho y decía algo así: “Elige acercarte a los que cantan, cuentan historias, disfrutan de la vida y tienen la alegría en el corazón. Porque la alegría es contagiosa”. ¡No pasa nada!

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