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REVISTA Nº 149 - DICIEMBRE 2022
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Lugares de ternura

Al final del verano me cuestionaba si ante el necesitado y frágil optaba por el stop (para y atiende) o existían otras posibilidades. Buscando más opciones, quizás evitando el compromiso, llegué a la rotonda de San Juan de Dios, con cuatro salidas que van a un lugar único, el de la Hospitalidad. 

Es un lugar desconocido y frecuentado al que se llega buscando la salud perdida y la esperanza de recuperarla. Para enfermos y familia es un lugar de tiempos lentos y días largos, de deseos y necesidades, de incertidumbres, entrega y dedicación.  También un lugar para curar y cuidar, acompañar y consolar, es el lugar de los profesionales del cuidar.

El lugar de la hospitalidad es uno de los grandes lugares del cuidado, después del domicilio, con amplios espacios y variedad de personas, de experiencias únicas que llenan el tiempo de la vida. Describir la vida de esos espacios no es fácil, pues no se encuentran palabras para la riqueza que encierran. Son lecciones para la vida

Había llegado al lugar de la hospitalidad desde las cuatro salidas de la rotonda de San Juan de Dios: calidad, respeto, responsabilidad, espiritualidad. Son los grandes valores que adornan y dan sentido a la hospitalidad y que este año han unido a la familia hospitalaria para celebrar los 450 años de la bula ‘Licet ex debito’.

La bula ‘Licet ex debito’ es el documento por el que “la inspiración carismática del Espíritu, que quiso que San Juan de Dios fuera protagonista de la Hospitalidad, fue reconocida y acogida por la Iglesia en ese momento histórico. Con este particular evento, nuestra Familia Hospitalaria está llamada a reavivar sus orígenes carismáticos recurriendo a la fuente, a los inicios del camino, a los primeros frutos de la Hospitalidad bien visibles en la vida de San Juan de Dios y de los primeros Hermanos.

El lugar de la hospitalidad es uno de los grandes lugares del cuidado, después del domicilio, con amplios espacios y variedad de personas.

En aquellos años, la clave para el futuro de la Orden fue la fuerza carismática de los primeros seguidores de San Juan de Dios, esta clave sigue siendo el fundamento del presente y del futuro de nuestra Orden. “El tiempo vuela”, musitaban los Pekenikes a finales de los 60 y, a pesar de la rapidez del paso del tiempo, o quizás por ello, me apetece recorrer los años y detenerme en quienes han sido y son testigos cualificados de la hospitalidad.

En una mirada retrospectiva. Los Hermanos han sido y son el motor que animó y anima la vida de cada día con su entrega y dedicación a enfermos, pobres y menesterosos, siempre acompañados de personas de buena voluntad, profesionales, colaboradores y/o personas que voluntariamente regalaban su tiempo. Juntos consiguieron forjar una forma de vida que dio valor a la hospitalidad.

Recordar el pasado, pasarlo por el corazón, es un ejercicio de comprensión, gratitud, y de inspiración por todo lo que los años enseñan. La variedad de personas, rostros y vidas ofrecen un poema sinfónico, la sinfonía de la hospitalidad. No son tiempos fáciles para el romanticismo, pero recorrerlos nos permitirá revitalizar el presente y extraer lo mejor del pasado. Recorrer la historia de la hospitalidad es recorrer la historia del cuidado y descubrir imágenes y situaciones que inevitablemente despiertan ternura en la mayor parte de las personas, independientemente de la educación, las creencias o las experiencias propias de vida.

Recordar el pasado, pasarlo por el corazón, es un ejercicio de comprensión, gratitud, y de inspiración por todo lo que los años enseñan.

No son tiempos para el romanticismo, pero sí para la esperanza y, por los días o las fechas que vivimos, también para la ternura. La ternura es un sentimiento humano que desencadena cariño y necesidad de proteger al otro al percibirlo frágil y débil por considerarlo valioso. Los diccionarios definen la ternura como un sentimiento de cariño y delicadeza, de afecto dulce y delicado, de atención amorosa. 

La palabra ternura nos hace pensar en sentimientos blandos, en entornos privados y sentimientos débiles. Pero no, la ternura es madurez y fuerza interior; la ternura es respeto, reconocimiento y cariño expresados en la caricia, el detalle, el regalo, la mirada o el abrazo sincero y brota de un corazón libre, capaz de ofrecer y recibir amor.

En los lugares del cuidado, en esos espacios de privacidad, en los momentos últimos de la vida no hay triunfos o éxitos, sino experiencias de encuentros profundos y momentos de intimidad cargados de significado: silencios que hablan, palabras que agradecen, gestos, caricias y miradas, un adiós, un reencuentro, un perdón, un te quiero. Gracias a la ternura esos momentos facilitan relaciones profundas y duraderas, porque el deseo de que el otro esté bien graba en la memoria el cuidado y el afecto. 

En los lugares del cuidado, la ternura nace de dos exigencias fundamentales y permanentes, el deseo de cuidar y la necesidad de ser cuidados. Como oí en una reunión hace unos días, es un sentimiento que va ya en nuestro ‘sistema operativo’ y que supone la capacidad de formar parte de las innumerables sinfonías del mundo que, en sus gozos y sufrimientos, crea alianzas para la realización de la humanidad de la persona.

La revolución industrial cambió la historia, la cultura del cuidado marca hoy el futuro de la humanidad. El futuro de los cuidados está en nuestro potencial de ternura que habita en los profesionales del cuidado como valor que asume la densidad del ser humano. Es un valor capaz de renovar a la humanidad y al mundo con la fuerza del amor humilde que a lo largo de la historia ha regalado solidaridad hecha hospitalidad. 

La ternura es madurez y fuerza interior; la ternura es respeto, reconocimiento y cariño expresados en la caricia, el detalle, el regalo, la mirada o el abrazo sincero.

Carlo Roccheta, en su libro ‘Teología de la ternura’, escribe “…. si dejamos escapar la ternura dejamos escapar la vida…, vivir en la ternura se nos presentará como el sacramento de la vocación cristiana, capaz de dar cuerpo a la fe, alma a la esperanza, corazón a la caridad. 

Cuando Juan de Dios dice con su vida “tened siempre caridad” ha experimentado que la caridad es el fundamento de la ternura, y que la ternura impide a la caridad reducirse a una moral del deber o del mínimo necesario para convertirse en un cuidado ejercido desde el corazón y echo misericordia para lugares de ternura. 

Abilio Fernández García
Servicio de Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León

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