PASTORAL
REVISTA Nº 126 – MARZO 2017

Los granos de la granada, el corazón de la hospitalidad

En el número anterior un gesto de ternura nos acompañaba
en el duro, crudo y frío invierno, y recordábamos aquel proverbio chino que decía “una palabra salida del corazón calienta durante tres inviernos”

Está pasando ya el invierno de amaneceres de escarcha y días –algunos no todos– soleados a los que, tras esas tardes de paseo temprano, siguen noches largas y oscuras, con el termómetro buscando el mercurio y el ser humano buscando el placer del calor del hogar.

Es hermoso el recuerdo de esos días invernales de agua, viento y frío, o aquellos otros de “mediodías” agradables para la tertulia en la solana, o el paseo relajado cuando los ancianos se agrandan contando su batallita de recuerdos infantiles en aquellos parques que hoy sufren la ausencia por algún motivo, o quizás, por la frialdad de una corta tarde de invierno.

Instalado en el recuerdo y la nostalgia de otros tiempos, o de hace unos días, quiero traer a la memoria aquel trotamundos que acampó en  Granada, tan tozudo que consiguió transformarse de Juan Ciudad en Juan de Dios y hacer de Granada, no sé si grano a grano, pobre a pobre, o también, enfermo a enfermo y menesteroso tras más menesterosos, un hermoso escudo para la Orden.

“Granada será tu cruz”, una frase que suena casi como a misterio, pero ¡hay que ver lo que ocurrió en Granada y lo que contiene la granada! Seguro que a lo largo de estos muchos años, ya pasados, han sido miles y miles las personas que han sido transformadas, acariciadas, consoladas, o atrapadas por alguno de los granos de la granada.

Yendo un poco más allá, o ahondando en profundidad, para muchos de esos miles de personas, la granada ha sido una especie de “droga dura” a la que han entregado su vida con sencillez, con nobleza. Su vida se hizo mimo y cariño al descubrir en el pobre y menesteroso, en el enfermo o necesitado un icono, esa imagen en la que se hace vida la misericordia hecha hospitalidad.

Envuelto en curiosidad, un buen día me dediqué a contar los granos de una granada. La verdad que ya no recuerdo cuantos eran. Días mas tarde, pasado un tiempo y dolido por la fragilidad de la memoria, volví a contar los granos de otra granada. Aumentó el dolor y no disminuyó la fragilidad. Intuí que las granadas no son iguales, aunque todas eran granadas y que los granos, aunque seguían siendo granos, eran distintos y juntos formaban una granada.

No quiero detenerme en las muchas cualidades de los granos de una granada o en la variedad de granadas que he oído que hay. Sin embargo, sí me he detenido, llevado por la curiosidad, en que la granada es el atributo más peculiar del santo de Granada y el más común (es el escudo de su Orden). Cuentan que el símbolo es profundo, pues la granada en la mentalidad medieval era signo de vida. Ese color rojo y la multitud de semillas, hablaban de la fertilidad femenina, de la abundancia y la prosperidad.

Habitado aún por la curiosidad, sigo en el asunto y veo que en el cristianismo, toma un significado más allá, y pasa a ser símbolo de resurrección y gloria, y que su graciosa terminación en forma de corona, la hacen ser alegoría de la victoria en Cristo. En el santo, al estar coronada con una cruz, señala la victoria alcanzada por su obra caritativa.

Voy entendiendo algo, no mucho, pero todo ello me trae a la memoria el calendario de la Orden de este 2017, ese que tenemos en cada rincón o colgamos en la pared, en el que aparecen un sin fin de granos, o de semillas de granada que entre dos manos forman un corazón, el corazón de la Hospitalidad, que es la vida de la familia hospitalaria.

La hospitalidad, querámoslo o no, es una realidad que nos abraza. Realidad en la que tenemos que mirar ese día a día donde, sin esfuerzo,  tocamos ambientes de tiniebla. No es cuestión de mirar lejos, de buscar distracciones, solo hay que mirar alrededor y escuchar, detener la mirada y colocar el corazón. Ahí nos abraza la hospitalidad y abrazamos en hospitalidad.

Las familias, los que trabajan, los que acompañan, los que colaboran… en cualquier realidad que nos coloquemos podemos reconocer que hay tinieblas, pero que no deben impedirnos poner la mirada en lo esencial y reconocer la fragilidad propia o ajena. Conscientes de palpar la realidad, en ocasiones habitada por tanta miseria, no podemos menos que acercar el corazón y volvernos misericordiosos.

Detener el corazón junto a la miseria produce alegría, la alegría del corazón, en la que los ojos se iluminan más y la vida se alegra. Es la alegría de la vida que regala presencias que escavan fuentes de agua fresca ante tanta sed, sed de vida, de felicidad, de eternidad.

Tengo la impresión que de igual manera que esas dos manos forman un corazón, nuestras manos, que tocan la fragilidad en cada día, se unen, como granos de una misma granada, para ofrecer bebidas refrescantes y alimentos de ternura, de misericordia, de compañía. Es la forma de honrar a aquel trotamundos que en Granada dio vida a la misericordia en forma de hospitalidad: imagen corporativa de esta hermosa familia.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León