la lagrima dolorosa
PASTORAL

REVISTA Nº 144 – SEPTIEMBRE 2021

La lágrima de dora

Caía la tarde y salí del taller de San Juan de Dios para seguir caminando por la vida. Con el paso del tiempo, transcurridos los días y algunos meses, he seguido pensando en todas esas vidas enamoradas. No podía dejar al olvido el amor de tantas personas enamoradas de la vida, pues una cosa es oír “amo la vida” y otra, creo que muy distinta, percibir cómo vivían ese sentirse enamoradas de la vida y con qué pasión lo expresaban, conscientes de que se encaminaban, en dolor o en fragilidad, a ese paso de convertirla en eterna.

En su presencia tienes la sensación de rozar el misterio mismo de Dios y descubres que la vida es bella, como tantas otras muchas cosas en la misma, en la que siempre hay motivos de celebración y una invitación permanente a la fiesta. Cuando H. J. Nouwen habla de celebración dice que ésta “es posible solo donde amor y temor, alegría y dolor, sonrisas y lágrimas, pueden coexistir”. José Luis Puerto al ser preguntado si la felicidad es la antesala de la herida habla de “un paraíso pasado que se encamina al horizonte de la muerte siendo conscientes de la herida”.

Sin saber por qué, o puede que sí, me ha venido a la memoria la lágrima de Dora. Sí, la lágrima de Dora, solo una, no me dio tiempo a más, pero me conmovió. En su lágrima se condensaba toda una vida, su pasado, el ahora y la trascendencia de su existencia. Quizás he recordado la lágrima de Dora porque José Luis cuenta que “descubre lo poético en las gentes más humildes, que es donde suele habitar la verdad más hermosa del mundo”.

Así estaba habitada Dora, ya entrada en los noventa. En su lágrima encontré la narración de muchas vidas de su época, años para adelante, años para atrás. Porque su lágrima era mucha lágrima y, aunque pequeña, era como esa bola de cristal que narra vidas con historia, con ternura, con ese amor que se ha hecho entrega en la familia.

Dora era conocedora de la herida y, con expresiones de José Luis Puerto “era consciente de la gracia, de lo que había conseguido en plenitud, y de la herida que no es ni más ni menos que la melodía de las perdidas”. La lágrima de Dora es la experiencia universal de alegría y llanto para iluminar el entramado de la vida y ofrecer, en la crisis, un puñado de oportunidades.

Me agarro a la lágrima de Dora para sacar un poco de luz en este ahora presente. Hemos pasado meses en soledad para cuidar una salud amenazada en lo biológico. Pronto nos dimos cuenta que se estaba deteriorando la salud biográfica y que estábamos perdiendo mucho de lo social, lo psicológico y lo cognitivo. El mundo relacional juega un papel muy importante para la salud y cuidando la salud se nos escapaba la vida.

Nos enviaron a estar solos, a vivir con nuestra soledad, pero ¿cómo? En la soledad la cabeza piensa, va y viene, da vueltas con la sensación de que no te sirve más que para separar una oreja de la otra, pero, ¿quién la para? La soledad se ha hecho presente en todas las edades, en la adolescencia, en la ancianidad y hasta en la muerte…, para morir solos. Soledad habitada y fecunda o soledad estéril y destructora de toda la existencia.

Pensando en Dora intuyo que su lágrima reclama escucha, mucha escucha, presencia de alguien preparado para recoger el sufrimiento de quien necesita narrar su dolor y ser escuchado, pero también de oír y escuchar una palabra. Es el momento de ser escuchados, la hora de escuchar una palabra de consuelo, de aliento, no una palabra que destruya o atormente un poco más su deteriorada vida, porque hay conversaciones que hacen daño, que nos duelen.

En su lágrima, Dora deja un poso del mucho dolor contenido, vivido y no expresado. ¡Cuánta pérdida y cuánto hemos perdido! El dolor al perder a un ser querido nos invade, pues se rompen vínculos significativo que hemos ido construyendo con los años. Y estos vínculos se han esfumado en la distancia, en la ausencia, o en abrazos entre cristales y plásticos. Cuentan que el dolor ha sido mucho y que cada persona que muere deja a ocho muy tocadas, seguro que en estos tiempos conocemos a alguien tocado en su dolor.

Gran desafío para abrirnos a la dimensión celebrativa que, en el rito, de sentido a lo que nos pasa, porque ante tanto dolor y desesperanza, ¿cómo podremos dar hoy razón de la esperanza? Experiencias fundantes de la vida que hemos vivido en soledad y que probablemente nos han llevado a cuestionarnos la autonomía adquirida y ver que en la salud, que en la vida, somos siempre interdependientes por mucha autonomía que reclamemos para seguir viviendo o para empezar a morir y morir.

Se nos ha colocado delante de todo aquello que trasciende nuestra vida y, cuando percibimos con qué facilidad se promocionan los achaques, sentimos que hay mucho que nos trasciende, que está más allá del cuerpo y que podemos llamarlo espíritu, es decir, “el espíritu es el lugar donde nos duele lo que nos duele, donde impactan nuestras experiencias traumáticas, las situaciones de duelo, las pérdidas, los reveses y las adversidades del vivir; es el espacio en el que habitan nuestras experiencias más profundas y no es un artículo de lujo, sino un bien de primera necesidad”. (Alberto Cano, S.J.)

Dora y su lágrima se hacen poesía, al acercarnos de forma bella lo más doloroso y lo mas humano y decirnos que los valores no puede ser un barniz de la humanización, sino un desafío permanente para cuidar personas que llegan con patologías que requieren procesos. En hospitalidad, hecha calidad, respeto, responsabilidad y espiritualidad, estamos abocados a un trabajo que puede ser duro, pero siempre esperanzado, conseguir que el dolor termine de hacer sus maletas y se vaya.

 

 

Abilio Fernández García Servicio Atención Espiritual y Religiosa Hospital San Juan de Dios de León