PASTORAL

REVISTA Nº 130 – MARZO 2018

Hospitalidad. Primera versión

Es gratificante estar junto a los abuelos y escuchar el sonido de la hospitalidad que aparece entre otras muchas melodías de la vida. Cada una a su ritmo y con su música, desde la experiencia vivida o soñada, cantada o contada, pero todas, y en su momento son una especie de invitación a ir a lo profundo de la vida, para escuchar y sentir, o para sentir lo que escuchas.

Es una experiencia que trasciende y que impulsa a admirar a quienes son capaces de poner palabras bellas para expresar los más sencillos sentimientos, de dar belleza a aquellos acontecimientos que aparecen como rudos, simples e incluso nefastos, pero con un tono y colorido que les vuelve casi bellos.

Cuando la vida te empuja y te coloca al lado de los años que ha acumulado el abuelo, cuando en ese espacio vital aparecen los sonidos de la hospitalidad, da la impresión que te están empujando a escuchar melodías que cantan la vida o leer poemas que armonizan la existencia. Entretenido con los aconteceres sencillos de lo cotidiano, la vida y la música fluyen en armonía y, en ese espacio vital, suena una canción que cuenta que la primera versión de un gesto de amor se quiso inmortalizar en una escultura, pero enviada al escultor, este se la quedó. Por inercia se pulsa la tecla del stop y te quedas por un tiempo pensativo mientras la memoria sigue a su ritmo sin conseguir desliarse del sonido de la hospitalidad y sin entender cómo un gesto de amor que querían inmortalizar en una escultura se lo quedó el escultor. ¡Vaya faena! ¿Ahora?

No sé el cómo ni el por qué, pero las ideas llegan como cuando cae la nieve y tienes la sensación de que todos los copos quieren llegar al mismo tiempo y al mismo ojo. Por un lado llega la imagen de ese primer gesto de amor, de esa primera versión que el escultor se adueñó. Por otro, desde otra dirección, aparece la estatua de la rotonda de Palencia dedicada a San Juan de Dios y, en fogonazos intermitentes, desde distintas direcciones, los cincuenta años de nuestro hospital.

Decidido a dar rienda suelta a la imaginación quería hacer un recorrido por la pastoral en estos cincuenta años, pero desde la óptica que puede aportar la “primera versión de hospitalidad” de San Juan de Dios. Tengo la impresión que debió ocurrir algo similar a lo de la canción y el primer gesto de amor, que cuando los bienhechores, colaboradores y voluntarios de San Juan de Dios descubrieron la primera versión de hospitalidad se la entregaron al escultor para inmortalizarla. El escultor se lo quedó.

Desde entonces, y ya han pasado años, la familia hospitalaria se ha entregado a hacer con su vida una escultura de aquel primer gesto de hospitalidad. Quizás fuese más fácil seguir a San Juan de Dios teniendo una copia de la primera versión, o sencillamente, más monótono. De todos modos, la vida de cada hermano, entre aciertos y decepciones, ha ido realizando una copia de aquella primera versión de hospitalidad.

Es gratificante estar junto a los abuelos, que desde la experiencia vivida o soñada, cantada o contada, pero todas, y en su momento son una especie de invitación a ir a lo profundo de la vida, para escuchar y sentir, o para sentir lo que escuchas.

Hace 50 años ya, en el siglo pasado, a las afueras de la ciudad, al otro lado del Bernesga apareció un edificio para ser centro de hospitalidad, colegio apostólico y sanatorio, con una única finalidad: evangelizar al estilo de San Juan de Dios. Un hermano sacerdote y una Comunidad de Hermanos con diversas especialidades intentarán reproducir la estatua de la hospitalidad.

Por lo que me han contado, el primero que se hizo cargo del servicio de pastoral fue el Hno. Teodoro, quien desde el colegio apostólico atendía a los enfermos que iban llegando. Empezó a perfilar un borrador que en distintos momentos y etapas ha ido puliendo y refinando esa imagen de hospitalidad con distintos acabados.

Creo que el primer capellán fue el Hno. Marcelino, y aunque no le conocí, no me es difícil imaginar la ilusión de comenzar un nuevo servicio en un nuevo sanatorio y en una nueva ciudad para dejar la impronta de la hospitalidad.

Cuando él se va viene el Hno. Diego, ¡qué tiempos y qué recuerdos! Esto ya ha sido parte de mi vida, yo era seminarista y pasaba en el sanatorio las tardes de los sábados con los niños con discapacidad, o como le gusta decir al papa Francisco, “niños con capacidades distintas”. Después, ya sacerdote, trabajamos en algunas reuniones diocesanas e interdiocesanas… Me lo pasé bien a su lado y aprendí mucho, pero duró poco, se fue y nos dejó el recuerdo de una hospitalidad sonriente y entregada, salida del corazón.

Otro capellán fue el Hno. Braulio. Fueron tiempos en los que hicimos muchas cosas juntos. Su andar lento, sus dolores de cabeza y sus muchas ideas, que perfilaban una imagen bella de la hospitalidad, a la que a diario añadía pequeños retoques. Si el andar era lento, siempre fue “peregrino de la esperanza”. Pocos días antes de morir le visité en el Hospital San Rafael de Madrid. La versión de la hospitalidad seguía siendo bella, pero me dolió su cuerpo resquebrajado.

Con él, estaba el Hno. Fausto al que traté menos. Tenía su propia versión que fue acondicionando por etapas. Intentando pulir esa imagen de hospitalidad, en la Eucaristía de Nochebuena, antes del ofertorio, ofreció su vida y se fue. Asistí a su funeral.

No puedo olvidar los años del Hno. Salvador y sus visitas por las habitaciones en su silla de ruedas. Aún recuerdan hoy su sonrisa, el chiste oportuno y la paz que trasmitía.

En los comienzos del nuevo siglo llega el Hno. Pajares, un todoterreno con fuerza pastoral y una nueva versión, que como todos conocemos, terminó la escultura con un tinte de “ébola” en Monrovia.

Cierra el circulo de estos cincuenta años el Hno. Marino. Su versión de la hospitalidad tiene aires andinos y ritmo sudamericano, una imagen que estará bañada y pulida por las aguas del cantábrico y adornada por chicos con capacidades distintas.

Un capellán, la Comunidad de Hermanos, algún sacerdote diocesano, y varios seglares han ido realizando la estatua de la hospitalidad, intentos personalizados de aquella primera versión.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León