PASTORAL
REVISTA Nº 128 – SEPTIEMBRE 2017

Hospitalidad de la abuela

Siempre me ha llamado la atención que para algunos temas y realidades de la vida nos es útil recurrir a los abuelos. No sé si por la distancia y el recuerdo, pero lo cierto es que aquello tenía otra enjundia, otro sabor, como si el paso de los años les hubiese regalado la cualidad de trasformar en arte la normalidad de lo real.

Lo de los abuelos es muy fuerte. Es cierto que los abuelos… cuando muere el abuelo no hay consuelo para el nieto. Quizás porque el abuelo veía
la vida desde otra óptica y otras responsabilidades.

Están de vuelta, desde la cima. Me resulta curioso que cuando se quiere resaltar la bondad de un producto, darle un valor extraordinario, metemos a los abuelos en el lío. Así, hablamos del pan de la abuela, la tahona de la abuela, el chorizo que elaboraban los abuelos, los dulces de la abuela. Podíamos seguir, pues son muchos los productos propios de aquella casa vieja.

Lo vivido en el entorno de la abuela

En el entorno de los abuelos hay experiencias que han marcado la vida de la humanidad, cosas, objetos y experiencias que han adquirido un valor cuasi sacramental.

Está la silla de la abuela, pequeña y vieja, con un poso de mugre por el uso de los años, pero cargada de vida y cariño. ¡Las cosas que hemos vivido en el entorno de aquella silla! Y el bastón del abuelo. ¡Qué decir de aquel bastón! Con qué cariño había tratado aquella rama que cortó de un árbol a la orilla del río. Dedicó tiempo, puso toda la destreza de sus manos, llenó las horas muertas y le dio vida para todo. No eran perfectos, ni la silla de la abuela, ni el bastón del abuelo, ni los entornos que habían llenado sus vidas, pero tenían un sabor a hogar, un halo de cariño, un “no sé qué” que su presencia llenaba la vida de ternura y se sentía uno en paz y en esperanza.

Sin embargo, lo que no acabo de entender es que me hablen de la “hogaza de la abuela” y después, sin querer, descubres que la abuela no tenía horno, que no sabía amasar el pan y cuando ellos, por razones que desconozco, emprendieron el negocio del pan, a la abuela la llevaron a una residencia y allí permanecía sola con su soledad, mendigando el cariño de unos nietos a los que disculpa porque ¡están tan ocupados en su negocio del pan! Cuando estuve un tiempo a su lado me decía: “les comprendo, porque les amo”. La abuela siempre útil y comprensiva.

En el entorno de los abuelos hay experiencias que han marcado sin duda la vida de la humanidad, las cosas, objetos y experiencias que han adquirido un valor sacramental. Está la silla de la abuela, pequeña y vieja, pero cargada de vida y cariño.

Quería pensar en la hospitalidad de la abuela, o quizás, detenerme por un tiempo en la hospitalidad y saborear el poso añejo que dio valor y sentido a tantas realidades que parecían haberla perdido. Hablar hoy de Hospitalidad y los valores que la sostienen es detenernos en esa forma de vida que nos enseña, o mejor, nos urge a contemplar el mundo, más concretamente el dolor y la marginación de las personas con la mirada profunda de Juan de Dios.

Descubrir la bondad en nuestro entorno

No sé si es sencillo o complicado, pero se trata de descubrir, al lado de tanta bondad, belleza y vida como existe en nuestro entorno, la presencia de hombres y mujeres que sufren y necesitan prójimos que les anuncien la Salvación. Son los sentimientos que embargaban el corazón de Juan de Dios cuando escribía: “al ver a tantos prójimos y hermanos míos con tantas necesidades así de cuerpo como de alma, al no poderlos socorrer estoy muy triste”.

Hay tanta vida en el recuerdo que las ideas pasan del entorno de los abuelos a la obra de Juan de Dios. ¡Qué capacidad tenía la abuela para contagiar!, contagiaba vida, costumbres y, hasta sus manías se veían como algo normal. Somos capaces de defender y difundir casi sus mismos sentimientos: comprensión, benevolencia y abnegación. No es extraño que mi pensamiento vaya de ese mundo de los abuelos a la Hospitalidad de Juan de Dios, a su vivencia personal de la misericordia y a su entrega incondicional al servicio de los enfermos y de los pobres.

Amor casi divino de los abuelos

Junto a los abuelos experimentábamos el amor de Dios, quizás porque el amor que nos trasmitían era cuasi divino, o al menos así lo percibíamos. Siempre alababan las grandes cualidades del nieto aunque no las tuviese, pero el amor con que lo hacía te llevaba a ti a amar con la misma limpieza y delicadeza que ellos te lo hacían a ti. Su amor era para los demás, nunca se quedó en su yo. Su ejemplo nos enseñó a salir de nosotros y a entregarnos al servicio de la caridad que brota del encuentro y de la seducción de Cristo, que sigue vivo y sufre en quienes sufren.

Cuando los nietos trabajamos y vivimos lo que con ellos aprendimos, la gente dice: ¡cómo se nota que sois de la familia! He oído hablar tanto de la familia hospitalaria que he querido recordar a los abuelos: gente sencilla que descubrió la belleza de la vida y la grandeza de su amor era tanta, que el amor era su riqueza y los pobres y necesitados su tesoro. Nadie escapaba del amor que irradiaba su corazón.

Atrapado, sin saber por quién, voy a tomarme un tiempo, pero no sé si dar el valor a los abuelos o a la Hospitalidad.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León