PASTORAL

REVISTA Nº 134 – MARZO 2019

Gracias Enrique

Salí cerrando la puerta, pero Enrique se me había adherido y seguía conmigo. Mientras las ideas se iban recolocando, me acordé de Séneca, el filósofo, y aquella frase que intentaba hacer una síntesis: “necesitamos la vida entera para aprender a vivir, y toda la vida para aprender a morir”. Esto podía ayudarnos a llegar al lugar deseado, pero no como el final, sino como un paso más en ese andar por la vida, guiados y acompañados por la esperanza.

Enrique me había enseñado muchas cosas de la vida y a mí, personalmente, me apetecía hacer un último esfuerzo. Me había ofrecido la oportunidad de acompañarle a celebrar, y yo asentí, convencido y conocedor del riesgo que suponía. Para mí era un reto, para Enrique…, para Enrique, era la vida. Quería seguir celebrando la vida en la fragilidad, celebrar el misterio de la vida que llega a su fin invadida por el amor.

Su cuerpo hacía ya tiempo que anunciaba sus límites. Teníamos que acelerar el ritmo del acompañamiento para dar respuestas antes de que su vulnerabilidad disminuyera nuestra capacidad de comunicación. Con frecuencia comentábamos la falta de preparación para el manejo de estas situaciones y nos dolía. Ahora estábamos convencidos de la necesidad de colocarnos ante esta etapa –¿la de la muerte? – como la única certeza de la vida, siendo conscientes de que lo importante iba a ser el “modo de concluir”.

Habían sido largas y densas las conversaciones mantenidas cuando su cuerpo aún no se expresaba tan frágil y hasta hacíamos algún que otro chascarrillo sobre cómo “cerrar el libro”. Entre risas y bromas teníamos algo claro, ese importante capítulo de la existencia no podíamos escribirlo desde la prisión de la soledad y el abandono. No. Teníamos que vivirlo animados por presencias humanas en un ambiente cálido y decoroso. Nuestros diálogos sobre ese momento al que denominan “el morir”, siempre iban en la misma dirección, este acontecimiento es una ocasión única e irrepetible para reconciliarse con el propio pasado y abrirse al misterio del futuro.

Cuando hablo de ambiente “cálido” y “decoroso”, lo hago porque de ello habíamos hablado con frecuencia al comentar y dialogar sobre la muerte, pues también estos temas salían, y con frecuencia, en la habitación de Enrique. Y es que, entre la mucha literatura y tantas corrientes de opinión, nos parecía que más que hablar de “muertes dignas”, tendríamos que llegar a muertes decorosas. Debía ser en esos momentos que nos poníamos un poco elevados. Pero no se nos olvidaba la idea de una vez para otra.

Ante la propuesta que me había hecho de acompañarle a celebrar, lo intenté. Lo hice en familia y con los cuidadores, pues ellos fueron los que decidieron que era un momento extraordinario para poner en valor la sacramentalidad difusa de todo acto de cuidado. En la fragilidad, le ungimos con aceite para expresar la fortaleza, el amor y la paz que los creyentes encontramos en Dios. Lo hicimos con un rito, porque da sentido a lo que nos sucede, es más, el rito soluciona esos momentos en los que el lenguaje puramente racional se queda corto. Fue un gran momento y muy personal porque en el centro estaba Enrique.

Él era conocedor y dominador de su situación. Todo en su entorno era sencillez y claridad. Su cara reflejaba paz, en una especie de confort físico y emocional. A su lado estaban las personas más queridas, esas que besan, susurran una frase o expresan un sentimiento.

Fue diciendo adiós con palabras y gestos salidos de muy adentro, del lugar de la ternura: agradecía, perdonaba y pedía perdón, pendiente siempre de los deseos y sentimientos de los demás y preocupado por todos y por todo. ¡Con qué finura decía “Te quiero”! Sus expresiones eran bellas, sencillas, hermosas, un sollozo, o una lágrima que se deslizaba lenta y aceleraba el ritmo para colocarse en la almohada.

Cómo no darle gracias, si en aquellos silencios iba todo un recital de su vida, vivida y regalada, compartida y entregada, en esa cercanía de pequeños gestos, de la mano que se acerca, de la caricia sincera y entrañable, o del silencio elocuente y la oración sencilla que resumía todo su existir.

Cómo no agradecer aquellas conversaciones en las que aparecía el abanico de sus miedos, aquellos que traía del pasado de una historia incompleta. Y aquellos nuevos miedos del presente, los que ahora rodeaban y habitaban su enfermedad. Le llevó su tiempo, pero fue dando pasos, buscando y resolviendo, encontrando serenidad.

Recuerdo cómo contaba que había escuchado una canción de Vanesa Martín, cuyo titulo era “Inventas”. Tarareaba su música y comentaba la letra. Y añadía: “tú piensa un poco en la letra, dedícala un tiempo”; y me ponía la canción y yo –dócil y sumiso– escuchaba: “De todas las mujeres que habitan en mí, juro que hay algunas que yo ni conozco. Inevitablemente ya me acostumbré, a dejar a la izquierda lo que no controlo”.

Era aleccionadora su reflexión y cómo le había ayudado a releer su vida, a encontrarse y reconocerse en esas parcelas, hoy extrañas, pero que seguían siendo suyas. De ese estar ya acostumbrado a dejar de un lado lo que había pasado y no podía controlar para emplearse en el futuro desde la serenidad y la paz. Siempre le recordaré al escuchar a Vanesa, pero también recordaré su arrojo para enfrentarse de esta forma cerrando su libro.

En ese ambiente raro, se respiraba un perfume de gratitud. Al cerrar el libro de su vida nos hizo coprotagonistas y abrió en nuestras vidas una ventana para que el aire fresco de la esperanza nos mantuviera a su lado para seguir celebrando.

Un día se fue, al amanecer, sin ruido, sin molestar. Lo había dicho todo. Lo había comunicado todo. Nos había trasmitido todo. Se fue habiéndonos regalado la vida y ligero de equipaje. Nosotros seguimos, agradecidos por el regalo de su vida y arrastrando nuestra vida cargada de recuerdos.

¡Gracias, Enrique!

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León