PASTORAL

REVISTA Nº 139 – JUNIO 2020

Escuchando el sufrimiento

Cuando aún estaba en diálogo con Juan Ciudad y casi todo organizado para la fiesta, el mundo se rompe y el chasquido ponía sonido al sufrimiento. Vuelvo a retomar el diálogo, vuelvo a centrarme en lo que Juan Ciudad había pensado para aquel mundo que tanto le apenaba, en el que experimentó tanto dolor y al que entregó su vida.

Recordé el regalo de la hospitalidad y todo el proceso del regalo, pero no había tiempo para más, peligraba la salud, el mundo se dolía y sus gentes sufrían. Comenzaba el estado de alarma, pues la casa común empezaba a resquebrajarse ante una realidad nueva.

El miedo hizo de la vida reclusión y soledad, soledad compartida o soledad en soledad, silenciosa o sonora, pero, de cualquier modo, siempre acompañada del sonido del sufrimiento. Afloraron, casi por instinto, algunas palabras guía como cuídate, cómo lo lleváis, estáis todos bien, hay que aguantar, hay que resistir…

Palabras, muchas palabras, palabras de siempre para realidades nuevas que intentaban unir en la distancia y mantener el ánimo ante la duda, porque la vida estaba cambiando y las emociones comenzaban a realizar su función. El miedo nos mueve a protegernos, la sorpresa hace que nos orientemos ante lo nuevo que parece destruirnos y produce tristeza.

Pena, soledad, pesimismo, aparecen aquellos familiares más lejanos y los amigos casi olvidados. Comienza un tiempo de nuevos retos y extrañas oportunidades.

Los días pasan y las redes de comunicación se amplían con las nuevas tecnologías para paliar el dolor y la soledad del confinamiento. Descubrimos una nueva forma de acompañar ante esta pandemia que sigue abonando soledades y enseñándonos a reconocer nuestras pobrezas. Vuelvo a recordar el sueño de Juan Ciudad, el regalo de la hospitalidad.

Aparecen pobrezas compartidas que muestran nuestras propias flaquezas. Tenemos que rumiar ingresos hospitalarios en la soledad y en la duda. Familias atadas a un teléfono con la sensación de que se ha estropeado, ¡nunca suena! Las opciones no son muchas y, al final, suena. Dudas y esperanzas, la alegría de una enfermedad común y no grave y, en el silencio, un dolor desgarrador da contenido a la llamada… (no sé qué palabra utilizar para dulcificar lo acontecido) ¡No pudo ser!

En silencio y soledad aprendemos a compartir realidades y a soñar con la alegría de la presencia y el abrazo. Ponemos música al agradecimiento y melodía a la esperanza. ¡Cuánto teníamos sin saberlo! Nos damos cuenta de lo que tenemos cuando lo perdemos. ¡Hemos perdido tantas cosas! Reclamamos salud, libertad, compañía, sentido de la vida y vida… Pero hasta las vidas de seres queridos se nos han ido. Nos duele la existencia, pesa la vida. ¿Y ahora? Ahora sigue la vida, aunque de otra manera. Nos queda la tarea de acompañar el dolor por la pérdida.

Dolor y mucho. Koen de Cock lo cuenta así: «había perdido todo control sobre su propia vida en un abrir y cerrar de ojos y se encontró ante unos hombres pertrechados tras sus escafandras y buzos de alta protección». Es contemplar que se cierra la vida y hay que empezar a abrir caminos con cada día de espera. ¡Cuántos la han vivido rodeados de un impenetrable silencio y una radical soledad!

Si toda pérdida duele, las de los seres queridos rasgan el corazón y el dolor aumenta cuando no hay posibilidad de compartirlo y hacer algo tan sencillo como ritualizar el “adiós”. Cuando la vida calla, qué se puede decir, o qué no se debe decir y qué se puede hacer. Hay que acompañar, pero cómo acompañar, cómo consolar, cómo infundir esperanza a la persona dolida por la pérdida.

Usamos frases hechas, los tópicos típicos o los típicos tópicos, esas frases hechas que en ocasiones son más una flecha punzante que aumenta el malestar y el sufrimiento. Es posible que estemos expresando nuestra incapacidad para sostener el silencio y afirmar y recoger en un abrazo el desahogo del dolor en la cercanía de quien está dolido. Hay mucho dolor por tanta pérdida y mucho trabajo a realizar.

Cuentan que en la cara tenemos un potencial para protegernos de la ansiedad y la impotencia en estas situaciones. Tenemos dos ojos, dos orejas, una boca para observar, escuchar y hablar, es decir, tendríamos que observar y escuchar el doble de lo que hablamos, conjugar el verbo escuchar para abrazar y compartir el misterio, gestionar la impotencia y atravesar lo que en ocasiones es todo un sinsentido.

Nos hemos acostumbrado a hablar, pero se necesita guardar silencio para dar espacio al otro, observar su vida y escuchar su silencio, ese silencio en el que se pronuncia el dolor y se brinda un espacio que facilita el drenaje del sufrimiento del doliente.

En la cercanía de acompañar hay que ser prudentes y tener el corazón atento, capaces de expresar nuestra ignorancia común ante una realidad nueva con una sencilla pregunta: ¿en qué te puedo ayudar? y ofrecer un agarradero de esperanza: aquí me tienes. Es la sacralidad de acompañar porque estamos en un terreno sagrado donde aparece la desnudez del corazón. Oí una vez que este es el momento de gozar levantando a los hermanos.

Recuperar la vida tras la pérdida conlleva un trabajo de quien está en duelo y este tiene su ritmo. Hay que aceptar la realidad de la pérdida con todas sus consecuencias y facilitar la aparición de los sentimientos que esa pérdida genera. Además, hay que adaptarse a la nueva situación donde ya no está el ser querido, y prepararse para invertir energías emotivas en la nueva situación.

El mundo se resquebrajó y el hogar quedó reducido a escombros. Las pérdidas en la vida nos brindan la oportunidad de cultivar el dinamismo de la esperanza y potenciar eso que llamamos resiliencia y que no es otra cosa que crecer en las experiencias adversas, viéndolas como una posibilidad de desarrollo personal, convencidos de que confiar en el amor siempre te llevara a donde florecen los sueños y se hacen realidad las esperanzas. Es el sueño de Juan de Dios: ahora más que nunca, Hospitalidad.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León