PASTORAL

REVISTA Nº 125 – DICIEMBRE 2016

Entre la espera y la esperanza: la ternura

Aunque ya hace tiempo que llegué a la convicción de que nadie ha dicho nunca que sea fácil vivir, no puedo obviar otra convicción, y es que la vida es bella y hermosa.

Admito que no todos estén dispuestos, a estas alturas de la historia, a compartir tal afirmación. Yo, aunque con condiciones, estoy decidido a defenderlo, pero solo con las herramientas adecuadas. Quizás para ello tenga que ser un hombre de espera –todo requiere su tiempo– y mantener la esperanza de conseguirlo algún día.

La espera y la esperanza

La espera, “acción y efecto de esperar”, la encuentro con facilidad en el continuo acontecer de la vida. Salgo de casa y me encuentro a gente que
espera, camino por la calle y sigo viendo gente que espera, unos miran el reloj con impaciencia, otros parecen vivirlo con cierta calma. Son gente que espera. Llego al hospital y sigo viendo gente en actitud de espera. ¡Cuánto se espera en un hospital!

Mi duda aparece cuando me viene al pensamiento la pregunta de si toda ese gente que está en situación de espera mantiene alguna esperanza. “La esperanza es el estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos”. Me aparece la duda con rapidez y la respuesta con prontitud. Creo que sí, que quien se encuentra en espera, aviva una esperanza. Dicen que “la esperanza es lo último que se pierde”, y que “no hay que perder la esperanza”.

Hay momentos, situaciones, días, estados de ánimo… ¡Cómo me pides que mantenga el ánimo, que no pierda la esperanza! Es posible que en este
acontecer de los hechos, cuando nos encontramos en una encrucijada de malestar, sufrimiento y oscuridad, sea necesaria la aparición de la esperanza que nos permita mirar más allá de la satisfacción de los deseos inmediatos. Es posible que si me siento habitado por el dinamismo del deseo de bienestar, busque la esperanza como característica de lo humano.

La ternura es la expresión más serena, bella y firme del respeto y del amor; se muestra en el detalle sutil, en el regalo inesperado, en la mirada
cómplice o en el abrazo entregado y sincero. Gracias a la ternura se crean vínculos en las relaciones compasivas de la vida hospitalaria.

Intuyo que la vida es un gran misterio, y que el misterio te envuelve. La vida está compuesta por grandes realidades: salud, enfermedad, sufrimiento, deterioro y muerte. En esas grandes realidades aparecen amor y temor, alegría y dolor, sonrisas y lágrimas, y que pueden coexistir en los momentos decisivos. En todo ese entramado de realidades, vivir la vida implica aceptar su preciosidad, pues la vida es preciosa y valiosa, no solo porque se puede ver, tocar y gustar, sino porque un día ya no la tendremos.

No podemos ocultar la vida bajo el dolor sordo que la invade, ni permitir que el otro se sienta “un cuadro de tristeza arrimado a la pared”. Algo similar expresa Nena Daconte cuando pone sonido y ritmo a la frase “no dejemos que la vida mate nuestra ilusión”.

La familia hospitalaria que está en espera, mantiene la esperanza y durante este año nos ha mostrado un calendario de esos de pared, grande y monótono, pero que durante todo el año ha mantenido una imagen. Para mí, la imagen de la ternura: un chico y una chica, síndrome de Down, imagen tierna, expresión de ternura. Un cuadro para ocupar el espacio entre la espera y la esperanza.

Ha tenido que ser el papa Francisco quien nos recuerde que en la vida todo tendría que estar revestido por la ternura y, en su espíritu revolucionario, invita con insistencia a hacer la revolución de la ternura. Mi buen amigo José Carlos Bermejo ya me invitaba a poner hincapié en el tema de la ternura, necesaria para la vida y arrinconada y estancada en la reflexión. Francisco (el Papa) no solo invita a la revolución de la ternura, también a descansar en la ternura, habla de una montaña de ternura, de la fuerza de la ternura y evoca la ternura combativa de los embates del mal.

La ternura

Ternura, ternura… ¡no será demasiada ternura! La suficiente y necesaria para ocupar el espacio entre la espera y la esperanza. Quizás sea  demasiado, pero en el entorno hospitalaria nos movemos entre la fortaleza de la ciencia y la fragilidad del ser humano. Hablar de ternura parece que nos trasporta a las relaciones íntimas o infantiles, asociadas a la caricia. Pero la ternura no se puede agotar en la caricia, porque es la cualidad de la persona que muestra fácilmente el afecto, la dulzura y la simpatía.

La ternura es la expresión más serena, bella y firme del respeto y del amor. Es traducción del reconocimiento hacia una persona a la que no se quiere juzgar, sino ayudar. La ternura se muestra en el detalle sutil, en el regalo inesperado, en la mirada cómplice o en el abrazo entregado y sincero. Gracias a la ternura se crean vínculos en las relaciones compasivas de la vida hospitalaria. Un gesto, una palabra, un silencio salido del corazón fortalece en la fragilidad, y según un proverbio chino “una palabra salida del corazón calienta durante tres inviernos”.

La ternura no es blanda, sino fuerte, firme y audaz, porque se muestra sin barreras, sin miedos; hace fuerte el amor y enciende la chispa de la alegría en la adversidad. En el fondo, en el entorno hospitalario, la ternura expresa y es síntoma del deseo de que el otro esté bien, de profundo respeto hacia la persona que se desea acompañar. Sin ternura es difícil que prosperen relaciones de ayuda.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León