PASTORAL

REVISTA Nº 132 – SEPTIEMBRE 2018

en la habitación de enrique

Ya no lo recuerdo, pero tengo la impresión que la última vez que me puse a escribir, intentaba centrar la mirada, desde el trazo fino de una estilográfica, en quien buscaba vivir en su fragilidad, y caminar con él hacia la mejor versión de su vida.

Ya no lo recuerdo, pero tengo la impresión que la última vez que me puse a escribir, intentaba centrar la mirada, desde el trazo fino de una estilográfica, en quien buscaba vivir en su fragilidad, y caminar con él hacia la mejor versión de su vida. Me había parecido una idea apasionante, evocadora de esperanzas, pues juntos, entre su esfuerzo y mis apoyos, íbamos a conseguir que la vida fuera una obra de arte que lanzase a los cuatro vientos un canto a la existencia. Sentir cómo se desliza la pluma por el papel y en su trazo ir dejando palabras armoniosas es relajante. Colocarte al lado de quien mira la vida desde la fragilidad, caminar a su mismo paso y dejarte impregnar por la fragancia de su vida…, es un salto en el que experimentas la incapacidad de poner palabras al contar la vida.

Lo he oído a mucha gente, y así me lo contaba mi amiga Ana, ilusionada, en la espera de su segunda hija con un embarazo complicado, necesitaba volver a vivir ese amor que solo las madres pueden sentir –y añadía–, que no explicar.

Ante estas certezas de la vida voy a intentar poner palabras a mi experiencia en la habitación de Enrique. Visitar al enfermo puede parecer algo rutinario, pero el enfermo no es rutina. Es el enfermo de ayer, pero en un nuevo día, con nuevas perspectivas, nuevas posibilidades y nuevas esperanzas.

Visitar es acompañar en una experiencia fuerte –la enfermedad–, en un momento concreto de la vida y, juntos, poder llenar de sentido la vida y la enfermedad. Creo que se trata de eso que tantas veces oímos de “vivir sanamente el sufrimiento”, es decir, sacar siempre lo positivo de las grandes realidades de la vida.

Al preparar la visita he ido deshojando el libro de José Carlos “La visita al enfermo” en cuya portada visualiza que “a veces no hay que dar conversación sino recibirla”. He quedado con Enrique sobre las 11, pues a esas horas la habitación está más tranquila y a él le han realizado ya los cuidados que requiere desde los diversos servicios implicados en su cuidado. Seguro que está esperando.

Con los nudillos pico en la puerta y me adentro en la habitación. Enrique está dormido y al lado de la cama hay una silla vacía. Intuyo que es para mí y me siento. La radio está funcionando y se escucha con suavidad una canción. Sentado decido escuchar la radio y dejar que duerma Enrique, aunque se sorprenda al despertar.

La canción que suena es de hace tiempo, el titulo creo recordar que es “La lista de la compra” cantada por La Cabra Mecánica. Mientras estoy sentado al lado de la cama de Enrique escucho su letra: “Tú que eres…, Tú que te mereces… te quedas a mi lado y el mundo me parece más amable, más humano, menos raro”.

La canción no se detiene, y me da tiempo a escribir algunos de los versos musicalizados en mi libreta de notas. Sentado en la silla, junto a la cama de Enrique, al ritmo sosegado y tranquilo de su respiración, sigo leyendo, releyendo y pensando los versos que he copiado. Lo hago una y otra vez, con calma: el mundo, el del enfermo, el de Enrique, me parece más amable, más humano, menos raro, pero cuando nos quedamos a su lado..

En la habitación de Enrique la música suena y el “dormido” se despierta entre sorpresas: ¡Cómo me he quedado dormido, si estaba esperando la visita! Yo hablo de prudencia, de respeto a su intimidad, de vivir lo que a él le acompañaba en su dormir, y cómo me ha hecho bien escuchar el sonido y la vida de su habitación, que son su mundo y su vida.

Acepta mi explicación, pero sigue con su “runrún” de que se ha dormido y me ha hecho perder el tiempo. Aprovecho sus palabras para iniciar una conversación sobre la visita al enfermo y lo hago desde su propia experiencia, pues a él le anima siempre la cara alegre de quien llega. No está seguro, pero siente como un impulso de salud, de vida y de ganas de seguir luchando.

Yo había comenzado la conversación pero ahora es él, Enrique, el que arranca comentándome lo que no le agrada de las visitas. Recuerda que en algún momento han sido una auténtica tortura cuando él estaba realmente molesto por una serie de síntomas de su enfermedad, o aquellas otras tardes en las que
el dolor te obliga a alzar los ojos hacia el llanto, ¡qué bien lo expresaba J. L. Martín Descalzo!

Es la pura y dura realidad, cuando la lengua se seca y se reseca, cuando el corazón se resquebraja y da la impresión que se rompe. En ese momento, estás como en una caldera de aceite hirviendo y te llegan al oído unas conversaciones de temas de entretenimiento (para ellos) que defienden de forma acalorada. No sé si me explico, pero realmente lo he pasado mal. En esos momentos no tienes fuerzas ni para mandarlos marchar, pero necesitas serenidad y paz.

Si te explicas, Enrique, sí. A mi también me ha tocado pasar por situaciones similares, esos días en los que después de una noche aciaga necesitabas silencio para poder dormir y descansar y sin embargo… Ahora lo pienso y me preocupa el que yo haya podido tener comportamientos similares en la visita.

Enrique, estoy convencido que sirve el bagaje de los años, pero cada día tenemos la oportunidad de aprender modos adecuados, de seguir ampliando conocimientos que ayuden a descubrir la importancia de la visita y permitan respuestas adecuadas a las necesidades del enfermo.

Enrique, vamos a dejarlo por hoy, pues te noto un poco cansado, pero te agradezco que me hayas animado a ser crítico para analizar mis visitas y me lo hayas permitido desde la humildad. ¡Tengo mucho que desaprender!

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León