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REVISTA Nº 154 - MARZO 2024
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En la danza, el sollozo de Anahís

Los días corren, pero las realidades se agarran al corazón y la cabeza sigue centrada en una danza para la paz. Lo sueña como un estado entre el deseo y la realidad, entre el anhelo de vivir una quietud pacifica y el movimiento lento y costoso de seguir haciendo vida, de entrelazar movimientos de armonía y llenar la vida de música para la paz. 

Pero la paz no es de ahora para antes de ayer, es el fruto de un largo camino de personas y pueblos que nos convierte en artesanos, artesanos de la paz que armonizan tiempos, vidas y realidades creando la cultura del encuentro. Luego es bello admirar y contemplar nuestras vidas en armonía, gozar esa forma de vivir que muestra su interior y proyecta vida convertida en música, canción, ritmo y estilo que definen personas y culturas y las emociones se trasformen en danza que inspira paz.

En ocasiones suelo recurrir al pasado, pero no para paralizar mi vida. El pasado forma parte de lo que soy, en mi pasado he ido acumulando experiencias valiosas que me acompañan siempre. Recurro a él con frecuencia para recuperar enseñanzas y vivir un presente que me permita soñar el futuro.

Me agrada recordar el pasado y, pasarlo por el corazón, me viene bien. Traer el pasado a este presente que respeto me permite dar espacio a las distintas dimensiones de la vida y sus grandes realidades. En la mañana suelo dedicar un tiempo a mirar al mundo, aún callado en el silencio de la noche. Después, o al mismo tiempo que observo el mundo, hay momento para escuchar. Sí, escuchar al mundo y sus sonidos, las vidas que lo habitan, sus gentes, sus alegrías y tristezas.

En ese tiempo de escucha escuché el sollozo del mundo, y el sollozo de Anahís. Anahís vino a la luz en tiempos de pandemia y, en estos tres largos años, nos hemos ido haciendo amigos. Anahís es alegre, sonriente, unos ojos preciosos y expresivos que trasmiten vida. Anahis es guapa y cuando me oye decir “¡y guapa, eh!”, dibuja en su cara una sonrisa entre agradecida y orgullosa. Aunque en un principio mi presencia la volvía tímida, el tiempo ha conseguido que muestre su rostro ocupado de felicidad.

En esa tarea saludable de andar visité a Anahís, estaba en la cama, boca abajo y sollozando. Se había dormido, pero su sollozo permanecía despierto. No recuerdo el porqué, quizás algún sentimiento de fragilidad. De inmediato, actualicé sonidos similares en vidas que se habían cruzado con la mía, aunque seguía pensando en cómo dar vida a una danza para la paz. El sollozo de Anahís –sollozar, según la RAE, es respirar de manera profunda y entrecortada a causa del llanto– fue largo, acababa de salir del colegio. No admitía consuelo. 

Me mantuve un tiempo a su lado y en silencio, escuchando un sollozo que era conmovedor y al que se unían otros muchos. ¡Qué absurdo, tan solo tres años y sin consuelo! Entendí que no había otra opción sino permanecer acompañando y escuchar en silencio. Ese tiempo se hace largo, la oreja escucha, el ojo observa y la mente… la mente se acelera y busca llenar espacios. Unos versos lo ocuparon: “El cuerpo canta; la sangre aúlla; el cielo calla y el hombre escucha”. Creo que forman parte de un poema de Miguel de Unamuno.

Entre silencios y recuerdos de tanto sollozo de un mundo que reclama espacios a la pena, sigo centrado en la vida, mirando alrededor, observando personas que se duelen, escuchando el gemido que reclama una mirada atenta y un oído educado que ayude a descubrir la necesidad de compañía, la urgencia de encontrar alivio y consuelo. 

Reconozco que este lenguaje y estas realidades son en cierta medida estigmatizantes, políticamente incorrectas, humanamente repelentes e instintivamente nuestro movimiento se dirige hacia la huida. Mientras escribía estas líneas escuché algo que reafirma mi intuición: “Unzué lamenta que sólo 5 diputados han ido a la jornada de la ELA en el Congreso: «Tendrán algo importante»”. Intenté recabar más información. Sólo alguna breve reseña en algún que otro medio. 

Sin esfuerzo me ha venido a la memoria el texto del papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo (11 de febrero). Recordaba que el abandono de las personas frágiles y su soledad se agravan al reducir los cuidados únicamente a servicios de salud, sin ir sabiamente acompañados por una ‘alianza terapéutica’ entre médico, paciente y familiares.

No sé si es posible hablar de una ‘alianza social’ que nos mueva a acercarnos al otro, a su realidad y comprender su situación. Los motivos –según el papa– están en que hemos sido creados para la comunión, que en nuestro sistema operativo va de serie la dimensión relacional con el dinamismo de la amistad y del amor mutuo. Esta dimensión nos sostiene en tiempos de fragilidad y añadía, “¡no se avergüencen de su deseo de cercanía y ternura!, no la oculten, no son una carga”. 

Acercarse a las miserias de otros, a sus angustias y fragilidades, sólo es posible cuando se hace por amor, decididos a compartir vida y dispuestos a cargar con su dolor. El papa, no sé si por sus años, es posible, pero en la desolación exhorta al consuelo, a hacer silencios que acogen vidas, observar rostros desencajados necesitados del abrazo y la caricia, poner la oreja y escuchar quejas y sollozos, regalar presencias para acompañar soledades.

Es hacer propia la imagen del caído en la cuneta de la vida –el relato del Buen Samaritano– que solamente, cuando el samaritano cargó con su cuerpo maltratado y malherido, ese pequeño gran gesto, le permitió seguir haciendo vida. En este relato, tan conocido y probablemente en el que San Juan de Dios encontró el apoyo y la forma de la Hospitalidad, podemos encontrar un punto de fortaleza para estos tiempos, podemos aprender a humanizar y narrar hospitalidad en forma de danza que silencia sollozos y adorne la vida con la paz.

¡No pasa nada!

¡No pasa nada!

Parecía que sí, pero no. Cada día lo veo un poco más complicado, aunque sigo buscando una danza para la paz. No quiero vivir resignado, aceptando rotos y llantos, escuchando sollozos y abrazando ausencias sin saber hacerlo. He seguido hablando con Anahís y en alguna...

Danza para la paz

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