PASTORAL

REVISTA Nº 138 – MARZO 2020

Diálogo con Juan Ciudad

Una estrella y despistada, pero era capaz de regalar en cada presencia una sonrisa. No era mucho, pero era y era suficiente para llenar el día de valores o dar valor al día. ¡Lo que vale el regalo de una sonrisa!

Robar una sonrisa no es fácil. Tampoco muy difícil. Es cuestión de tiempo, de estar ahí, de echarle un poco de atrevimiento, un poco de –aparente– poca educación y mantener el tipo. Cuando una persona te regala un trozo del corazón desde su fragilidad, te desborda, te trasciende, va más allá de lo aparentemente humano.

Ante la enfermedad aparecen las preguntas del por qué y el cómo, o quizás, el para qué. El Papa Francisco en el mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 2020 cuenta que Jesús se detiene y abraza a todo hombre en su condición de salud e invita a cada uno a entrar en su vida para experimentar la ternura. El Papa pregunta y responde al por qué: “Jesús se hizo débil, vivió la experiencia humana del sufrimiento y recibió a su vez consuelo del Padre”.

La experiencia es importante. Sigue el mensaje del papa Francisco con una afirmación radical: “solo quien vive en primera persona esta experiencia sabrá ser consuelo para otros”. Sin tiempo al respiro el pensamiento se dirige a los Centros de la Orden, la Orden de San Juan de Dios. Son centros del consuelo y del respeto, de responsabilidad para que la vida de enfermos, pobres y menesterosos tenga calidad y se nutra de espiritualidad.

Es la dinámica de un regalo, el regalo de la hospitalidad que dejó San Juan de Dios al mundo hace ya un montón de años. Al romper la envoltura del regalo aparece una realidad palpable y esparcida por tantos lugares que me apetece colocarme al lado de Juan Ciudad.

Deseo, aunque de forma simulada, colocarme a su lado para un diálogo. Dialogar con aquel trotamundos que hizo posible el regalo, y que pudo tener su origen en esa sonrisa que aparece en la fragilidad y se experimenta con ternura.

Al lado de Juan Ciudad el diálogo es fluido y apasionante, la conversación agradable y densa. Aparecen granos de vida, tenues pinceladas cuyos fragmentos desbordan el marco de un cuadro, el cuadro de la hospitalidad.

En el diálogo con Juan Ciudad se respira su religiosidad auténtica y profunda, intuyes una persona de inquietudes, de vida en búsqueda de algo que está más allá de su persona. De vez en cuando y en alguna de sus palabras aparece su experiencia de pastor, también de aquel otro tiempo pasado en la milicia, o de su empleo de vendedor ambulante de libros y, también, de “estampitas”.

La ternura y calidez de sus palabras se vuelven aspereza al contar cómo, después de estos años y cosas, tomado por loco, acaba en un hospital, humillado y maltratado. Aquella vida de “trotamundos” en búsqueda de felicidad no puede soportar que muchos en su misma situación sean humillados y maltratados.

Juan Ciudad da un giro brusco a su vida y empieza a trabajar en un sueño, el sueño de crear un hospital donde atender y cuidar a pobres y enfermos. Su voz, entrecortada y temblorosa, expresa ideas claras que llevan la fuerza de quien ha experimentado, desde el dolor sufrido y compartido, la misericordia de alguien a quien llevaba tiempo buscando y que ha encontrado hecho misericordia. La experiencia de la misericordia le fortalece y convierte su sueño en realidad para que pobres y enfermos vivan la experiencia de sentirse amados, y que a la miseria de sus vidas lleguen corazones hechos hospitalidad.

Juan Ciudad, que pronto pasa a ser conocido como Juan de Dios, busca el respeto y la dignidad de todo ser humano desde un profundo amor. Desgranando palabras a modo de granos de una granada, fue dibujando la hospitalidad. En ese diálogo fluido, la hospitalidad es el centro, lo que constituye la armonía de su obra, lo que la define y justifica. Afirma la belleza y el valor de la obra, pero admite que, en la vida, lo valioso es frágil, porque está en nuestras manos.

Hay algunos tonos que permanecen dando armonía y belleza al cuadro. A la calidad de la persona ha de acompañar la calidad del cuidado para atender con profesionalidad las nuevas necesidades. Hoy ha de primar ese modelo de atención que Juan de Dios aprendió al tocar la enfermedad y que llamamos atención juandediana.

Es el modelo de atención que hace humano lo humano, porque humaniza en el respeto al próximo a ese cercano que en la responsabilidad reciproca le hace parte de una familia, donde todos forman un todo, o lo que hoy llaman visión holística.

Cuando Juan Ciudad, en ese cálido diálogo, ofrece la hospitalidad como un cuadro, te das cuenta de la importancia de la fidelidad a sus ideales, descubres que hay que conocer los componentes, que la obra no admite retoques baratos que la perjudiquen o deterioren. El cuadro, colocado en el lugar adecuado, facilitará conservar la obra.

Juan Ciudad hablaba con esmero del sueño de su obra, contaba que era para cuidar a enfermos, pobres y menesterosos, por eso el cuidado tenía que ser de calidad. Pero, además, tenía que ser un cuidado sumamente respetuoso, porque el ser humano es frágil y en estas circunstancias, lo frágil, se rompe.

Ante la fragilidad evidente, descubría un trabajo de gran responsabilidad, y decía: “hay que cuidar como una madre cuida a su único hijo enfermo”. Cuando a unos padres primerizos se les entrega el hijo recién nacido, como observador, tienes la sensación de que sienten que al cogerlo se les rompe, que no saben cómo sujetarlo.

Temblorosos ante la obra de su amor, comprenden que es algo que trasciende sus vidas, que va más allá de sus diferencias personales. El carisma de la hospitalidad será fuerte si los valores que la acompañan dan firmeza a la fragilidad humana.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León