PASTORAL

REVISTA Nº 124 – SEPTIEMBRE 2016

Cuando duele la ausencia y domina la pena

Nacer y morir son dos extremos unidos por la búsqueda constante de felicidad, rodeados de un gran misterio, el misterio de la vida que nos envuelve. Ante el anhelo de felicidad, duele el fracaso y duele la enfermedad, duele la ruptura afectiva y, especialmente, duele la muerte. La pérdida y el dolor y luto que acompañan, es una experiencia común, variada y compleja.

La muerte, siempre unida y separada de la vida, es un gran misterio, una realidad tan oscura que ante ella hasta las intuiciones más bellas y hermosas desaparecen y adquieren otro colorido, el día se vuelve gris, como si la esperanza se esfumase. Duele la ausencia cuando se va un ser querido y, como escribía C.S. Lewis, en su libro “Una pena en observación”, una especie de pena es lo que invade la vida.

Es esta, la dolencia ante la muerte, la que cuando aparece en el libro de la vida escribe paginas de gran verdad y belleza, pues dice la verdad del amor y dice de la verdad más trágica, la soledad radical que nos caracteriza.

No es difícil observar cómo, ante el silencio de la muerte, brotan la ternura y el cariño empapados en lágrimas. Se oyen palabras entrecortadas y sin sentido, que surgen del amor y la amistad y expresan lo que el corazón siente. No entendemos nada, nuestras palabras no aciertan a expresarse, pero hay mil gestos silenciosos que gritan nuestra pena, nuestro apenado, hondo y esperanzado sentir.

El dolor por la pérdida de un ser querido constituye una experiencia personal y única, diversa y universal. Cada persona lo vive a su manera y, aunque se produzcan reacciones comunes, es una experiencia global, que afecta a la persona en su totalidad, en sus aspectos físicos, psicológicos, emotivos, sociales y espirituales.

Antes de la perdida, en la pérdida y después, hay todo un proceso de elaboración de dicha pérdida que reclama una particular atención a la persona, para que sea vivido responsablemente, en clave de prevención de situaciones patológicas, en apertura a la ayuda que podemos prestar unos a otros con un adecuado acompañamiento.

A todos nos toca alguna vez movernos en el escenario del duelo. Personalmente tengo la sensación de vivir una cierta pasión por aliviar el sufrimiento del doliente. Y, aunque me surge la duda de sentirme afortunado, vivo la certeza de que muchas personas me han regalado sus experiencias más íntimas y dolorosas. Son personas que han tenido el coraje de pedir ayuda, pues necesitan encontrar un corazón que comprenda su sentir dolorido, que respete su modo de dolerse y expresarse.

Vivir el dolor en soledad es más doloroso que vivirlo compartido, por ello hay quien tiene el coraje de pedir ayuda para encontrar la respuesta, bien individual (“counselling”) o en “los grupos de mutua ayuda”. Busca compartir su dolor con la experiencia de otros semejantes y desahogar con quien está dispuesto a escuchar y caminar en la solidaridad emocional.

Estamos ante una experiencia humana y, reflexionar sobre ella, tiene un gran poder humanizador. Las interpretaciones de la pérdida son diversas y el camino a recorrer complejo. Habrá que realizar aquellas tareas que nos faciliten la búsqueda del camino saludable.

Este camino no siempre se puede emprender en soledad, pero si se recorre de forma saludable se colorea de esperanza. Es la esperanza de aprender con ocasión del dolor, esa esperanza que invita a trascender lo que vemos y sentimos. El camino de la vida se ha hecho oscuridad y es necesario buscar la luz para seguir soñando con la libertad que nos ha arrebatado el sufrimiento de la pérdida.

Hay que creer en la posibilidad de salir fortalecidos de las experiencias negativas que nos coloca la vida. No es una invitación al olvido, pues si el amor no muere, si el amor se eterniza, la persona querida ha de seguir presente, no podemos apartarla de nuestra vida y seguir nuestro camino. La vida sigue y nosotros tenemos que seguir, seguir la vida, seguir viviendo.

Para elaborar el duelo de forma sana hay que aprender a recordar, aprender a invertir energías en nuevos afectos, aprender a colocar al ser querido en el corazón de una forma nueva, donde él estará siempre presente y nosotros seguiremos por el camino de la vida.

El camino ya no será igual, la vida será distinta, pero en él encontraremos migajas de consuelo y caminaremos con un ritmo nuevo. Aprenderemos a componer una nueva melodía en la que no suenen solamente las notas de la tristeza. Será la nueva melodía existencial formada por todas aquellas notas que armonizan una canción al ritmo de la esperanza.

Elaborar el duelo es un trabajo que hemos de hacer como personas y como creyentes, dándonos la oportunidad de repensar las claves fundamentales de nuestra vida, sintiéndonos un poco “filósofos” para vivir en paz con nuestra condición de vulnerabilidad y finitud, cultivando sanamente los recuerdos, aprendiendo a recolocar al ser querido afectivamente, abriéndonos a nuevas posibilidades afectivas, creciendo espiritualmente y reconociendo la primacía del amor sobre la muerte.

Es una pequeña herramienta, pero imprescindible para desbloquear la hospitalidad en este año de la misericordia.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León