PASTORAL

REVISTA Nº 136 – SEPTIEMBRE 2019

Camina con mis zapatos, por favor

Aún no encuentro una explicación de lo que me ha pasado. Es posible que sea fruto del corazón cargado de recuerdos. No lo sé. He decidido –desde el corazón– buscar herramientas que faciliten llenar la fragilidad de fortaleza y animar la certeza de que el sol renacerá.

Realizo la búsqueda con lentitud desde las estaciones del año, cuatro, y me doy cuenta que el otoño ya está ahí. Es esa sensación de que cada vez están más próximas las unas de las otras, que los años tienen menos días o que las horas van más rápidas.

La estación del verano, pasa entre la ciudad o el campo, la piscina o el paseo, la montaña, el río o la playa, y el recuerdo de esa imagen de la piedra lanzada a un estanque, cuyas olas se propagan en el agua. Ves cómo se propagan, se expanden, se agrandan y, lentamente, se difuminan y desaparecen.

El eco de los recuerdos va de estación en estación y, de las estaciones del año, sin poder controlar el pensamiento, se va a las estaciones de la vida, esas en las que el ser humano sueña su sed de eternidad en busca de felicidad.

Entre estas estaciones –no podía ser de otra manera– me he detenido en la estación del sufrimiento en cuyo horizonte, para no pocos, aparece el firmamento con un inmenso y negro nubarrón que amenaza tormenta con truenos secos y estridentes. ¡Tantos y tan variados! ¡Tantas y tan personales! Pero ya sabemos que cada enfermo es único e irrepetible y cada persona un mundo.

Atravesando estaciones he vivido la pasión de caminar en compañía con la sencilla (simple) ilusión de caminar, de hacer camino juntos abiertos a la posibilidad de que la estación de la enfermedad se vuelva saludable. Es posible fortalecer lo frágil, iluminar la oscuridad, besar la realidad con la sonrisa y cantar a la esperanza.

Los recuerdos del corazón acercan imágenes de personas con las que aprendí a caminar, vidas cruzadas en el camino que el recuerdo eternizó. Con frecuencia recuerdo a Tere. Falleció en los comienzos de los 70. Su padre, su madre y el detalle en el cuidado. No sé cuál de los dos lo hacía mejor, pero el interés era el mismo. Tengo su imagen, pero no sus nombres.

Las visitas al domicilio familiar eran agradables y de una crudeza que Tere siempre envolvía en su dulzura. Su rostro sonriente estaba adornado con unos rizados cabellos que dejaban vislumbrar la belleza de su vida en un cuerpo dolorido. Su sonrisa invitaba al saludo y al esfuerzo para la cercanía. Besar la mejilla de Tere te exigía concentración y delicadeza. Sus articulaciones cristalizadas eran de una sensibilidad extrema y el grito denunciaba el roce.

Con Tere y por Tere sufríamos, pero ella era solo una de las muchas vidas que se cruzaban en la andadura. Nunca olvidaré a Gervasio vendiendo su “cupón de ciego” en la esquina de San Marcelo y sus manchas blancas del “vitíligo” en el rostro que le hacían inconfundible. Ni a Aurora “la ciega” y a tantos otros ciegos con quienes nos encontrábamos y gozábamos de esas pequeñas bromas de la vida. De muchos ya solo me queda el recuerdo.

Abilio Fernández García
Servicio Atención Espiritual y Religiosa
Hospital San Juan de Dios de León