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REVISTA Nº 154 - MARZO 2024
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Poner el contador a cero

He recorrido aquellos caminos que no muchos harían. He dormido en calles vacías, dentro de estaciones de buses y cajeros automáticos, en albergues para sintecho, debajo de puentes, en coches y casas abandonadas en algún pueblo olvidado… La vida siempre te da esos golpes de desventura que o te aquilatan o te hunden. El invierno es difícil de sortear, pero sería imposible si los albergues de los transeúntes no existiesen en España y en otros muchos lugares de Europa. 

He estado en muchos de ellos y he visto el sufrimiento de aquellas personas que se autoexcluyeron o de aquellos que están enganchados a algún tipo de sustancia. No es mi caso claro está, pero ahora soy un marginado de la sociedad consciente de que son los golpes de la vida los que te nutren y ayudan a comprender mejor todo lo que sucede alrededor.

Llegué a León el 29 de diciembre del año pasado y, tras dos días soportando el frío y el sueño, dos enemigos silenciosos que te pisan los talones todo el tiempo, acabé en Calor y Café y, de ahí, fui a parar al Hogar Municipal del Transeúnte. Eran las diez de la noche cuando toque el timbre y salió a mi encuentro un joven delgado de carácter risueño que me hizo pasar y me ofreció un trozo de chocolate. Después me atendió el encargado, un tipo muy afable que se tomó la molestia de detallarme la política del establecimiento y me preguntó cómo dirigirse a mí. “Como tú quieras. Da igual”, le dije. Yo solo pensaba en una ducha y una cama, hacer un ensayo fallido con la muerte.

Lejos de sonrisas fingidas y miradas inquisidoras 

Todos los miembros del albergue mostraron un gran nivel de empatía, algo que les nace del alma. He visto muchas sonrisas fingidas y miradas inquisidoras. Por eso, ver a personas sonreír hasta con la mirada es algo que no se ve muy a menudo. Para muchos somos solo números en la estadística, pero para quienes toman el oficio con mística somos más que eso. Se ponen en nuestros zapatos y eso marca la diferencia en tiempos de desapego y hastío.

Mi vida cambió con la pandemia de COVID. Me fui del piso donde vivía con mi primo al día siguiente de la muerte de mi padre y, tras vivir unas semanas por los meandros del río Arga, cerca del polígono de San Jorge, recalé en el albergue de la Fundación Xilema de Pamplona y, de ahí, acabé en el de Tudela. Con el fallecimiento del mayor de mis hermanos, tuve una crisis existencial que me llevó a hacer el Camino de Santiago. 

En Zamora decidí abandonar la peregrinación y fui a parar a Valencia. Allí, gracias a Ciudad de la Esperanza, reuní fuerzas y dinero para alquilarme una habitación en Barcelona, pero no fue fácil. He tratado de adaptarme para salir adelante, pero no es lo que uno se imagina desde su país cuando decide emigrar en busca de una vida mejor. Te chocas con una verdad innegable y la vida se encarga de darte una bofetada de realidad. 

Después de dos años retomé una ruta a Compostela que me ayudó a soltar lo que me estaba haciendo daño y a perdonar. Mi llegada a León no estaba entre mis planes, pero ha sido una buena elección porque en esos peores momentos y en tiempos en los que nadie da nada, en ese abismo de miedo e incertidumbre, alguien me ha extendido una mano amiga. Entonces comprendes que no todo es malo en esta vida, que la vida da nuevas oportunidades. 

Ahora veo la vida con optimismo y con ganas de empezar de cero. Me gustaría poder sacar los papeles para salir de este trance agobiante. Las calles tienen un olor peculiar y la gente que vive en ellas más aún. Soy testigo de un aroma que se pega primero en la ropa hasta impregnarse en la piel y meterse por sus poros. No obstante, sé que no he nacido para perderme en la vida, sino para recorrerla.

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