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REVISTA Nº 148 - SEPTIEMBRE 2022
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El camino de la esperanza

Durante 15 largos años J.M.H.P. ha pasado las noches con el suelo como colchón, a veces entre los cartones o las paredes de vidrio esmerilado de los cajeros. “Estuve viviendo en la calle entre los años 2000 y 2015”, explica este vallisoletano con muchos problemas derivados del abuso del alcohol y otras sustancias estupefacientes. “Mi vida estaba destrozada. No me quería ni mi familia ni los servicios sociales”, apostilla en el marco de un relato con posos de amargura.

Un día en el poblado chabolista de Las Barranquillas, en Villa de Vallecas, en el que un día fuera el hipermercado de droga más grande de Europa, J.M.H.P. fue ‘rescatado’ por la Asociación Reto a la Esperanza, una entidad que lleva desde 1985 echándole un pulso a la exclusión social. “Me monté en un coche y me llevaron a León”, señala un hombre que, por fortuna, se aferró a su mano tendida para pasar de una vez página. Un buen punto de apoyo para romper con el círculo vicioso y recuperar la libertad. 

“Estuve bajo el seguimiento de Cruz Roja y Cáritas Diocesana durante cinco años y, desde 2020, puedo decir que llevo una vida normal”, pone de manifiesto J.M.H.P. que también recuerda con una sonrisa sus días en el Hogar Municipal del Transeúnte que, en estrecha colaboración con el Ayuntamiento de León, gestiona el Hospital San Juan de Dios desde 1986. “Me ayudaron a encontrar el camino de la esperanza”, reflexiona un hombre nuevo que ya suma cinco décadas en un mundo que le ha sido hostil.

Demasiados años en la cuerda floja

A M.C.A. la precariedad laboral siempre le ha mantenido en la cuerda floja. Este joven leonés, nacido en 1985, se fue de casa hace ya muchos años con una mochila de ropa y 20 euros en el bolsillo. “Me fui a la casa de un amigo en Lugo, pero a las dos semanas, como no pagaba el alquiler, tuvimos que dejar el piso y acabamos durmiendo en una cochera abandonada”, confiesa. Después llegaría una oportunidad en Castellón, un buen lugar a priori para empezar de nuevo, pero también la crisis del ladrillo.

“Me fui a la casa de un amigo en Lugo, pero a las dos semanas, como no pagaba el alquiler, tuvimos que dejar el piso y acabamos durmiendo en una cochera abandonada”

La de vuelta a León, M.C.A. trabajó unos meses como ayudante de cocina y auxiliar de jardinería, y tres años como repartidor de publicidad. “Cuando se terminó, tiré de ahorros hasta que tuve que llamar a la puerta del Hogar Municipal del Transeúnte”, según recuerda. Un recurso en el que se quedó hasta cobrar una ayuda de emergencia social con la que hacer frente al pago de una habitación.

“La estabilidad es necesaria para poder concentrarse y salir adelante”, afirma convencido un hombre que, cuando la alcanzó, retomó sus estudios y acabó el Bachillerato. “Ahora quiero seguir formándome y trabajando”, señala sin olvidar que, “en un futuro no muy lejano, colaboraré en la medida de mis posibilidades para que la gente de la calle tenga la vida más digna posible”.

J. M. H. P. y M. C. A 
Usuarios del Hogar Municipal del Transeúnte
Hospital San Juan de Dios de León

La hospitalidad sin medida

La hospitalidad sin medida

Desde los 15 años, Y.Q.V. trabajó como voluntario en un centro que tienen los Hermanos de San Juan de Dios en su país: Cuba. “Ayudaba a repartir comida a un grupo de personas que no tenían techo. Con ellos no compartía solo el alimento, sino también juegos y mi afición por la música”, asegura un hombre nacido en 1980 que mira al pasado con cierta nostalgia.

Uno de la calle

Uno de la calle

“Siento pasión por la música clásica. La afición me viene de mi padre, que tocaba el oboe en la banda municipal”, asegura José, un hombre que ha llamado a la puerta del Hogar Municipal del Transeúnte de León en más de una ocasión.