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REVISTA Nº 155 - JUNIO 2024
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Donde me lleve el destino

De padre colombiano y madre española, E.H.A.C. nació en Caracas (Venezuela) en 1983, pero a los seis años se trasladó con su familia a Monte Porreiro, un barrio situado al noreste de la ciudad de Pontevedra. “No me sentía a gusto”, confiesa. Por eso, harto de vivir en lo que define como “un pueblo pequeño” que se convirtió en “un infierno grande”, encontró en las Fuerzas Armadas una válvula de escape. 

Tras ingresar en la Infantería de Marina Española, donde estuvo diez meses, regresó a casa por poco tiempo. “Trabajando en la descarga de pescado, conocí a un legionario que me convenció para ir primero a Aubagne y alistarme, después, en el 2º Regimiento de Paracaidistas Extranjeros de Camp Raffalli, cerca de la ciudad de Calvi, en la isla francesa de Córcega”, explica un hombre que ha participado en misiones en Kosovo, Irak, Chad, Ruanda, Afganistán, Sumatra, Laos, mali, Líbano, República del Congo, Angola y Somalia.

“Durante cinco años fui una máquina de combate eficaz y fría. Me ayudaba a aislarme del mundo por ese temor a cometer un error y pagar sus consecuencias en la sociedad normalizada”, pone de relieve E.H.A.C., que creció con sus abuelos, “personas muy tradicionales y de ideología nacionalsocialista”, y en un ambiente de barrio tóxico. “Mis padres se divorciaron, yo dejé los estudios y decidí formarme en las canteras de Porriño”, señala. Pero sus intentos por tener una vida ordenada, incluido su paso por el ejército, no dieron los frutos esperados y acabó enganchado a las drogas.

“Los excesos me llevaron a cometer medio centenar de delitos, porque vendía, consumía y utilizaba la violencia para imponerme a los demás”, según relata. E.H.A.C., que se vio obligado a llamar a la puerta de Proyecto Hombre, decidió marcharse a Canarias a trabajar en hostelería. “Allí conocí a la madre de mi hija y monté una pequeña empresa para reformar casas rurales, pero tras malgastarse el dinero a mis espaldas y ser denunciado por violencia de género acabé en la calle pese a ganar el juicio”, expone.

Entre los años 2013 y 2015 malvivió en la calle, “una escuela de supervivencia”, ahogado en una espiral de destrucción etílica. “Volví a mi tierra, y tras encadenar juicios, tuve que pagar indemnizaciones y realizar trabajos en beneficio de la comunidad”, señala para, a renglón seguido, apuntar que, cansado de trabajar en la limpieza de montes, decidió montar un laboratorio de marihuana en la que casa que ocupaba.

Más tarde, y tras vivir algún tiempo en Reino Unido, un lugar en el que fue feliz, “con trabajo y amigos”, la irrupción de la pandemia de coronavirus lo volvió a poner todo patas arriba: “En septiembre de 2020 regresé a Galicia y mi padre me dejó vivir en uno de sus dos pisos”. En los últimos años ha tratado de hacer cosas constructivas: conocer Portugal y aprender su lengua, trabajar de temporero, recuperar el carné de conducir retirado en 2005, comprarse una furgoneta de segunda mano… 

“Me encuentro bien, pero no hago planes a largo plazo”, subraya sin olvidar que en este camino de reflexión en el que se encuentra el objetivo no es otro que “ser la mejor versión” de sí mismo. “León siempre será ese lugar desde donde empecé un nuevo capítulo existencial. Y desde aquí, donde me lleve el destino”, concluye.

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