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REVISTA Nº 147 - JUNIO 2022
la salud en tu día a día

Al sol sin dejarse la piel

El sol aporta al organismo vitamina D a la piel que no solo aumenta la absorción del calcio en los huesos, sino que, además, desempeña un papel fundamental en el ciclo celular, el sistema endocrino e inmunológico y la microbiota intestinal. Sin embargo, en dosis elevadas se puede volver en contra de uno porque, al tener memoria, la piel va perdonando los estragos a los que es sometida a lo largo de la vida, pero jamás los olvida. La mayoría de los expertos sugieren que una exposición solar diaria de entre 8 a 15 minutos es suficiente para producir la vitamina D diaria que se necesita. 

El bronceado en una piel sana es la respuesta biológica de defensa frente a la radiación solar. Es la forma que tiene la piel de protegerse de las radiaciones ultravioletas (UV). Las primeras exposiciones, en primavera y al inicio del verano, sobre una piel no bronceada suponen un riesgo más elevado de quemaduras solares. 

Los distintos perfiles pigmentarios de cada persona condicionan y modulan la reacción de la piel ante la exposición solar

La radiación ultravioleta de onda larga (UVA) es capaz de atravesar las nubes, incluso el cristal. ¿Lo más inteligente? Echarse un fotoprotector y evitar las horas centrales del día, las más peligrosas. En este punto, el sentido común se impone. El factor de protección solar (FPS) es el cociente entre la dosis eritematógena mínima en una piel protegida por un producto de protección solar y la dosis eritematógena mínima en la misma piel sin proteger. El FPS indica, por tanto, el tiempo que se puede permanecer expuesto al sol con la piel protegida hasta la aparición del eritema.

La protección total no existe

El valor numérico que aparece en el envase de un protector solar se refiere básicamente al efecto protector frente a la radiación UVB, que es la que genera eritema. Sin embargo, la protección solar tiene que ser efectiva frente a ambas radiaciones UVA y UVB: un mayor FPS debe ser proporcional a la protección que ofrece frente a UVA. En este sentido, siempre recomendamos la máxima protección conscientes de que la protección total no existe. E incidimos en que la reaplicación del fotoprotector es tan importante o más que el factor aplicado.

Antes de escoger el protector adecuado, hay que tener en cuenta que no todas las pieles son iguales. Los distintos perfiles pigmentarios de cada persona condicionan y modulan la reacción de la piel ante la exposición solar. Se ha comprobado que más del 90% de los cánceres de piel no melánicos se producen en los fototipos I y II. Las personas de piel oscura, si bien presentan una incidencia menor de esta patología, también son sensibles a los efectos nocivos de la radiación UV, especialmente a los que afectan a los ojos y al sistema inmunológico.

Las células tienen la capacidad de acumular daños en su secuencia de ADN hasta que, llegado un momento, el daño acumulado puede dar lugar a enfermedades de la piel, especialmente cáncer de piel. Ponernos rojos, que es lo nosotros llamamos eritema, es una quemadura solar que hay que evitar. Especialmente en la infancia. Los fotoprotectores orales están indicados para conseguir un bronceado más homogéneo y duradero, favorecen la acción antioxidante y el antienvejecimiento y, en ocasiones, son útiles en pacientes con erupción solar polimorfa u otros tipos de fotodermatosis.  Los alimentos ricos en betacarotenos y vitamina C favorecen la producción de melanina, y por lo tanto, un bronceado más prolongado, pero nunca su ingesta –ni la de suplementos dietéticos- debe sustituir la fotoprotección adecuada. 

Además de las características intrínsecas de nuestra piel, hay que tener en cuenta que existen una serie de factores que modulan el impacto para la piel de la exposición solar a la hora de renovar el fotoprotector:

· Altitud: a mayor altitud, más intensos son los efectos de las radiaciones. De hecho, un incremento de 300 metros de altitud comporta un aumento del 4% de radiación ultravioleta (UV).

· Oblicuidad: a menor ángulo en la incidencia de los rayos solares, más intenso será el efecto. La oblicuidad varía con la latitud en la que se produce la exposición y, dentro de una misma ubicación geográfica, varía con las estaciones del año.

· Altura del sol: cuanto más alto esté el sol en el cielo, mayor será la radiación UV (entre las 10 y las 14 horas se recibe el 60% de la radiación UV diaria).

· Elementos climatológicos concurrentes: elementos como las nubes o la humedad absorben parcialmente las radiaciones.

· Entorno: las diferentes superficies tienen distinta capacidad para reflejar o absorber la luz incidente (la nieve refleja el 80-85%, la arena seca el 20% y la espuma del agua del mar un 25%).

Es importante la fotoprotección de la piel que está expuesta todo el año: cara, orejas, labio inferior, cuello, tórax anterior, dorso de las manos y, en pacientes con poco pelo, cuero cabelludo. Las lesiones más frecuentes en pacientes adultos son las queratosis actínicas, que son lesiones que pueden evolucionar a cáncer de piel: carcinoma basocelular y espinocelular, así como melanoma. La incidencia de este último está aumentando por dos motivos: exposiciones solares intermitentes e intensas y diagnóstico precoz. Ante la aparición de una lesión, generalmente pigmentada, de reciente aparición e inestable, o cambios de lunares preexistentes, hay que consultar con un especialista. Además, la fotoexposición prolongada produce manchas, principalmente hiperpigmentadas -las pecas y los léntigos-, pero también produce manchas hipopigmentadas o blancas. Generalmente, son lesiones benignas, pero traducen exposición elevada al sol y, por tanto, mayor riesgo de desarrollar lesiones premalignas o malignas.

Marta Lamoca Martín
Especialista en Dermatología
Hospital San Juan de Dios de León

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