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LA ACTUALIDAD

REVISTA Nº 111 – JUNIO 2013

Responsabilidad social empresarial

En un entorno como el actual, todos somos conscientes del profundo cambio que necesita nuestro mundo para que esto vuelva a funcionar. El cambio debe afectar a todo y a todos: Administración, partidos políticos, sindicatos. Pero también a las personas, a los consumidores, a cada uno de nosotros. Y cómo no, a todo tipo de organizaciones e instituciones, entre ellas, las organizaciones empresariales.

Hoy vamos a hablar de las posibilidades que tienen las empresas en apostar por una nueva forma de gestión basada en la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) o Responsabilidad Social Empresarial (RSE). Y todo ello, en un marco económico, social y cultural que hace tremendamente complicado la aplicación de esta nueva forma de entender las empresas. Este artículo no tiene la más mínima intención de ser una referencia doctrinal sobre RSC, sino de realizar una aproximación al lector a esta nueva forma de gestión en la que la Dirección del Hospital San Juan de Dios de León cree, a pesar de los tiempos en los que vivimos y el entorno en el que nos movemos.

Hace ya varias décadas, en los años ochenta, comenzó a fraguarse una corriente sociológica de pensamiento que predicaba que el Estado, la Administración, no debe ser el único responsable y garante del bienestar común, sino que debe figurar como objetivo y meta de otro tipo de organizaciones, entre ellas las empresas. Y no sólo entre aquellas empresas “sin ánimo de lucro”, sino también entre todas aquellas, la mayoría, que buscan lograr la mayor rentabilidad posible a sus inversiones.

Sin embargo, en el último lustro hemos podido comprobar, con gran crudeza, que esta situación no sólo no se ha producido, sino que más bien, todo ha sucedido al revés: las Administraciones Públicas se han constituido como un organismo que tiene el deber inexcusable de lograr unas cuotas de protección a los ciudadanos cada vez mayores, más desorbitadas y, lamentablemente, sin ninguna posibilidad actual de financiación.

La Responsabilidad Social Corporativa (RSC o RSE) se define entonces como el conjunto de compromisos asumidos por las organizaciones de manera interna, sin ningún tipo de obligación legal o contractual al respecto, con sus Grupos de Interés (“stakeholders”), de tal manera que a través de dicho compromiso son capaces de generar un impacto positivo a nivel sociocultural, ético, laboral y medioambiental. Por tanto, la RSC supone asumir como reto una nueva forma de gestión en la cual, ya no sólo rige el principio “máximo beneficio al mínimo coste” y satisfacción para el inversor, sino que se basa en la filosofía de que la actividad empresarial debe generar también un impacto positivo en todo el entorno de la organización: trabajadores, entorno social y cultural, medio ambiente, clientes, proveedores y aliados.

Dicho de otro modo: la RSC propone que las empresas sigan obteniendo beneficios y siendo rentables para sus accionistas. Pero se preocupa porque todo el proceso que se ha de seguir hasta llegar a la última línea de la cuenta de resultados, cumpla una serie de principios, objetivos y criterios que contribuyan también a favorecer el bien común.

Una de las facetas donde se muestra esta dimensión responsable de la empresa es su vertiente económica. Como hemos dicho, no se trata de ganar únicamente, sino de hacerlo de una manera responsable. Desde luego, lo que primero debe garantizar una organización es su viabilidad y sostenibilidad. Lo contrario supondría una gestión errónea y carente de cualquier tipo de posibilidad de perdurar en el tiempo.

La gestión económica responsable de una empresa debe buscar que el accionista sepa que se está haciendo un uso adecuado de su capital, que el cliente conozca que los bienes o servicios que recibe son competitivos y de calidad, que al proveedor se le paga un precio justo por su suministro en un plazo razonable, pero que a su vez se le exige que haga lo mismo con sus proveedores y que lo acredite, y que a los profesionales que desempeñan su trabajo en la organización se les paga puntualmente una retribución justa, de una manera transparente y acompañada de otra serie de condiciones que hacen más confortable su trabajo (beneficios sociales, estabilidad, formación, motivación…).

La RSC se manifiesta también en la gestión social de la empresa. No se trata únicamente de que las empresas dediquen parte de sus beneficios a realizar donaciones para determinados colectivos desfavorecidos. Se trata de interiorizar dentro de la organización que con la participación de todo el colectivo empresarial se pueden conseguir objetivos que mejoren nuestro entorno social. En muchas ocasiones, simplemente se trata de buscar sinergias con otros aliados o proveedores, de compartir objetivos, de informar a los colectivos con los que trabajas. Pero para ello la organización debe desarrollar una cultura social interna y de interiorizar este objetivo como uno más, dentro de la organización.

También la dimensión medioambiental tiene su sitio en la gestión empresarial. Cualquier actividad empresarial conlleva necesariamente un impacto ambiental, por pequeño que sea. Las decisiones económicas y estratégicas de las empresas no deben únicamente analizarse desde un punto de vista financiero y social. También hay que estudiar, planificar, evaluar y medir el impacto ambiental de las acuerdos que se toman, de tal manera que se debe elegir aquel que, siendo viable económicamente, sea respetuoso con el medio ambiente. 

¿Y cómo se sabe si una empresa es socialmente responsable?

Como en tantas otras cuestiones relacionadas con la calidad, para poder decir que una organización hace las cosas bien o que tiene un estilo de gestión y dirección responsable con su entorno, debe desarrollar un completo y complejo sistema interno de gestión social que contemple todos los aspectos que hemos detallado anteriormente.

Todas las políticas y estrategias de la empresa deben estar impregnadas de este compromiso social, y para acreditarlo es necesario desarrollar una serie de indicadores que permitan probar todo lo anterior a través de un proceso de auditoría. Al igual que sucede con los procesos de auditoría en calidad, el sistema que permite determinar la responsabilidad social de una empresa tiene dos fases diferenciadas: 

Normalización: consiste en la elaboración, difusión y puesta en marcha de unas normas o compromisos de la organización que aseguren la dimensión responsable de la empresa. Para ello, es requisito sine qua non que la Dirección de las organizaciones lidere este proceso y esté absolutamente comprometida con esta forma de gestión. Difícilmente se puede formar, informar, convencer e implantar un modelo de gestión social que afecte a toda la organización, si la escala directiva no sea la primera convencida y de ejemplo con los compromisos que se adquieren.

Certificación: para acreditar que la gestión se realiza siguiendo el estilo que se propone, es fundamental que una tercera entidad certificadora, con amplia experiencia en el sector, verifique si efectivamente todos los procesos productivos y de servicios empresariales se ajustan en sus estándares y procedimientos con un comportamiento socialmente responsable.

Todo este proceso se debe realizar a través de una norma previa que establezca de antemano los criterios que hay que cumplir. En el ámbito internacional hay decenas de normas generales que se refieren a la RSC:

La principal referencia es el “Pacto Mundial de las Naciones Unidas”, configurado como la mayor iniciativa voluntaria de responsabilidad social empresarial en el mundo, con más de 10.000 empresas adheridas de 130 países. El Pacto promueve la implementación de diez principios en las áreas de Derechos Humanos, Normas Laborales, Medio Ambiente y Medidas Anticorrupción.

También destacan las “Líneas Directrices para Empresas Multinacionales” que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha desarrollado, y que se dirigen a las empresas multinacionales con el fin de promover un comportamiento responsable de las mismas, fortalecer las bases de confianza mutua entre las empresas y las sociedades en que operan, ayudar a mejorar el clima para la inversión extranjera y contribuir incrementar las aportaciones positivas de las multinacionales en los campos económico, social y medioambiental.

A nivel comunitario, destaca el “Libro Verde para la RSC de la Comisión Europea”, creado en el año 2001, cuyo objetivo era avanzar en una economía basada en el conocimiento, competitiva, dinámica y capaz de crecer de una forma sostenible, propiciando un empleo mayor a nivel cuantitativo y cualitativo, en un contexto de, cada vez, una mayor cohesión social.

Todas las normas citadas anteriormente, y otras que se han ido desarrollando, se basan en el cumplimiento de unos principios específicos que podemos clasificar en el ámbito de los Derechos Humanos, Derechos Laborales, Medio Ambiente y Medidas Anticorrupción.

En ocasiones, también nos encontramos con normas sectoriales aplicables a distintos niveles empresariales. En este sentido, merece la pena destacar el sector financiero, quizá el ámbito empresarial en el que durante los últimos años se ha podido comprobar con mayor crudeza cómo el objetivo de obtener beneficios ha sido el único criterio y principio aceptable para el inversor o accionista. Sin embargo, en el que llama la atención el desarrollo de un nuevo paradigma de inversión socialmente responsable, en el que el consumidor, el inversor, empieza a valorar no sólo la rentabilidad de su inversión, sino otra serie de consideraciones, como las que hemos citado anteriormente.

En este sentido, se han ido desarrollando consultoras y agencias especializadas en RSC, que proporcionan apoyo y calificación a gestoras de fondos, sociedades de inversión colectiva y otras entidades afines, realizando auditorías a éstas y calificando a las mismas, en función de su compromiso social. De esta manera, se han ido desarrollando indicadores bursátiles, como “FTSE4Good” o “Dow Jones Sustainability Index”, que únicamente incluyen a empresas que cumplen estrictos criterios de RSC. De esta manera, dichas organizaciones empresariales ven reforzada su reputación e incluso encuentran mayor facilidad a la hora de acceder a fuentes de financiación. 

En conclusión, hacer las cosas de una manera distinta no sólo es posible, sino también es absolutamente necesario, y más hoy en día, puesto que el camino que emprendimos hace varias décadas, hoy nos ha demostrado que nos conduce al abismo. Las empresas, como parte importante de nuestra sociedad, debemos caminar hacia estas nuevas formas de gestión. Y los consumidores tenemos el deber de formarnos e informarnos, de estar cada vez más atentos, y de comenzar a enfocar nuestra elección de productos y marcas incorporando otras consideraciones además del precio, como son las aportaciones sociales, medioambientales y éticas de la empresa que los produce.